El miércoles pasado, minutos después de que Mauricio Macri anunciara un importante descenso de la pobreza en la Argentina, dirigentes muy cercanos a Cristina Fernández de Kirchner se apuraron en definir el anuncio como una mentira. El diputado Leopoldo Moreau por ejemplo escribió: «Sube el gas un 40% promedio. Suben los peajes y suben trenes y colectivos. El macrismo baja salarios y jubilaciones. Y son tan caraduras que nos quieren hacer creer que baja la pobreza. Solo se pueden sostener las mentiras debido a la complicidad de algunos medios hegemónicos». En el mismo sentido opinó el diputado Wado de Pedro, uno de los líderes de La Cámpora, según informó Infobae.

¿Tenían razón? ¿Era cierto que era mentira?

En principio, esa opinión no es unánime ni siquiera dentro del kirchnerismo. Por ejemplo, Emmanuel Álvarez Agis, ex viceministro de Economía de Cristina Kirchner, explicó: «La pobreza medida por ingresos es el resultado más o menos de: lo que suben los precios, lo que suben los salarios, lo que sube el ingreso informal, lo que sube el empleo, formal e informal. ¿Que pasó? Precios +25%, salarios +28%, ingreso informal +31%, empleo +700.000 puestos».

Cualquiera que recorra las redes sociales encontrará muchos dirigentes e intelectuales kirchneristas que intentan hacer entender a otros que el número es cierto, que la pobreza bajó, que no es lo más aconsejable negar la realidad si se pretende operar sobre ella. Algunos de ellos son insultados por ese atrevimiento. Un economista (y ex funcionario) muy conocido, que firma en las redes como Musgrave, escribió: «La única verdad es la realidad. No negar los datos. No desear el helicóptero». Y luego preguntó: «¿Tampoco les vamos a creer cuando en unos meses digan que la pobreza subió?».

Eso pasó dentro del sector más intransigente de la oposición. Por fuera de ese espacio, el consenso es prácticamente unánime acerca de la veracidad y la consistencia del último número de pobreza. Periodistas a los que solo un delirante podría calificar como oficialistas se apoyaron en el número sin discutirlo o incluso lo defendieron. Así lo hizo también Agustín Salvia, el prestigioso sociólogo que estudia la realidad social para la Iglesia Católica.

Así las cosas, el número de pobreza es otro elemento que, necesariamente, disparará aún más el debate sobre cuáles son los rasgos del modelo que gobierna la Argentina. O, en pocas palabras: ¿quien es en realidad Mauricio Macri?

 

Según Cristina Kirchner y gran parte de la militancia kirchnerista, Macri es un millonario corrupto que gobierna para los ricos, y su plan es un revival de los que aplicaron la dictadura y el menemismo. Una buena referencia para entenderlo es el pronóstico que hizo el periodista Eduardo Aliverti unos días antes de su asunción.

«Van a devaluar a lo pavote para recomponer la renta agropecuaria, van a satisfacer a una burguesía que es local, no nacional, van a bajar la demanda por vía fiscal y monetaria, van a desregular el mercado cambiario, van a producir la caída del salario real, van a destruir las pequeñas y medianas industrias, van a aumentar el desempleo y el empleo informal, y al final de la película, que ya vimos chiquicientas veces, van a reprimir y se fugarán de nuevo en helicóptero». En versión más sencilla, es lo mismo que sostenía uno de los últimos avisos de la campaña Scioli-Zanini: «¿Te imaginás ganando la mitad? ¿Te imaginás el ajuste? ¿Te imaginás sin techo? ¿Te imaginás el hambre? ¿Te imaginás si gana Macri?».

 Dos años no es un tiempo demasiado extendido para juzgar un proceso de estas características, pero hasta aquí no es eso lo que ocurrió. Un país con la cuarta parte de su población por debajo de la línea de pobreza es un país profundamente injusto. Pero la tragedia social que pronosticaban no se refleja ni en los números sobre pobreza, ni sobre empleo ni sobre producción, ni sobre hambre, ni tampoco en los resultados electorales.

Naturalmente, ese escenario habilita a formular muchas preguntas. ¿Es esta situación sostenible en el tiempo? Los resultados del plan en términos sociales ¿se deben a la política de ajuste? ¿A una combinación entre ella y políticas más expansivas? ¿A un giro a tiempo que hizo el Gobierno a mediados del 2017? En todo caso, esas preguntas parten de un hecho que es objetivo: en el último año la pobreza bajó y, probablemente, si hubiera cifras creíbles previas al 2015, el índice sería como mínimo similar al que dejó el Gobierno anterior.

Si el Gobierno realizó un ajuste, sus efectos no fueron negativos en términos sociales. Si no lo hizo, entonces falla el estereotipo que se proyecta sobre él por parte de la oposición más dura: a veces ajusta y a veces no, o no ajusta tanto. En principio, ha tenido dos virtudes. Una es la recomposición del sistema de medición. La otra es la continuidad y ampliación de la Asignación por Hijo, ese plan social que creó Cristina Fernández de Kirchner, a partir de una idea de la oposición a ella. Las mejores políticas, muchas veces, trascienden a la grieta.

El relato del Gobierno respecto de lo que ocurre contiene el clásico optimismo de todo oficialismo. La economía ha comenzado a crecer. Cada año habrá un poco menos de inflación, un poco menos de déficit fiscal, un poco más de inversión y producción, un poco menos de pobreza. Se trataría de un círculo virtuoso que irá tomando velocidad con los años a medida que el Gobierno siga mejorando las condiciones para que crezca la inversión. Puede haber algunos cimbronazos pero será un proceso que se proyectará inevitablemente hacia el futuro.

 

Hay, claro, miradas alternativas. El ex viceministro Alvarez Agis sostiene que no hay casi nada nuevo bajo el sol. «¿Por qué el mercado felicitaba a Macri en 2016? Porque hizo un ajuste. ¿En qué resultó? Recesión, caída del salario real, suba del desempleo y la pobreza. ¿Por qué el mercado criticaba a Macri en 2017? Porque hizo populismo. Dejó correr la paritaria, aumentó el gasto público por encima de la inflación, tanto el ajuste automático como la obra pública, dio crédito a los pobres (Argenta) y a la clase media (UVA), ancló el tipo de cambio para frenar la inflación y pospuso los aumentos de tarifas. Pasadas las elecciones hubo cambios estructurales que contribuirán a aumentar la pobreza. O sea: Mal por Macri 2016, Bien por Macri 2017, Mal por Macri 2018, Bien por M…».

Ese debate interesantísimo se da incluso puertas adentro del Gobierno, donde el principal esfuerzo consiste en hallar la fórmula de la alquimia que permita bajar el déficit y la pobreza al mismo tiempo, un tipo de cambio que estimule el crecimiento pero se tolere socialmente, una inflación baja con salarios y tarifas altos. No parece sencillo. Es como caminar hacia varias direcciones a la vez, muchas de ellas en sentido contrario. De hecho, la economía da cada día muestras de fragilidad. Aunque se habla poco de eso, en marzo hubo una fuerte corrida contra el peso combinada con una alta inflación. Si ese proceso continuara en el tiempo, el panorama se acercaría más a los apocalípticos pronósticos de Aliverti que a los de Nicolás Dujovme y su equipo. Es como desarmar una bomba de tiempo: se requiere de paz y ciencia, como dice el filósofo Jorge Sampaoli (con perdón).

Sea como fuere, gracias al populismo M o al ajuste M o a una mezcla rara entre una cosa y la otra, la pobreza bajó.

Es apenas el comienzo de un largo y empinado recorrido. Pero más vale empezar con el pie que corresponde. Solo los necios, que hay muchos, se enojan cuando la realidad da buenas noticias. O las niegan, porque contradicen sus prejuicios.