Opinión

AnálisisMomento bisagra

Por Fernando Iglesias

Existen dos maneras de mirar lo acontecido ayer, cuando una multitud se volcó a las plazas del país a pedir justicia. La más común, la de los senior advisers de corto plazo y los poroteros de ocasión, versará sobre el número de concurrentes, las posibles repercusiones sobre la sesión del Senado de este miércoles y los escenarios electorales que ha abierto la saga de los cuadernos. Pero es posible también una mirada más profunda y más larga, tanto hacia atrás como hacia adelante, que permita encuadrar sin miopía esta movilización contra la impunidad de la mafia y la transformación de las instituciones en aguantaderos.

Este punto de vista de largo plazo implica entender a Cambiemos como lo que es, no un mero rejunte electoral sino una coalición política nacida de la rebelión antipopulista que sigue recorriendo la Argentina sin que le importen los números de la inflación o, para decirlo mejor, sin perder de vista que lo que está en juego es mucho más que los números de la inflación. Esa rebelión antipopulista de la que Cambiemos es solo la expresión institucional nació en 2008 con la lucha del campo contra la 125, continuó en 2012 con las mayores movilizaciones de la Historia argentina, las que acabaron con el proyecto de reforma constitucional, la recontra-reelección y el plan Cristina Eterna, siguieron con la marcha de los paraguas por el asesinato del fiscal Nisman, y tuvieron su última expresión en aquel primero de abril en el que el plan golpista del Club del Helicóptero fue momentáneamente desactivado.

Su forma actual ha sido definida imborrablemente por el actor Alfredo Casero como el “Movimiento NSB” (No Somos Boludos), y se concentró ayer frente al Congreso y en las principales plazas del país sin micros, sin bombos, sin subsidios ni choripán, para pedir dos cosas: que los fueros parlamentarios no sean usados para proteger delincuentes y que los senadores peronistas sancionen una ley de extinción de dominio que nos permita recuperar lo robado. Como integrante del Movimiento NSB fundado por Casero, les aviso: no nos tomen de idiotas ni pretendan hacer pasar por extinción de dominio el decomiso después del fallo penal, que ya existe. Mucho menos intenten canjearnos la habilitación de los allanamientos a las propiedades de Cristina por lo que realmente se necesita: el desafuero; es decir: la supresión del injusto privilegio generado por el abuso peronista de los fueros de los que gozan tanto Cristina como Menem.

Teléfono, senador Piccheto. Teléfono, caciques provinciales. Teléfono, peronistas que se dicen de buena fe. Si siguen escudándose en Cristina con la esperanza de cubrirse así de las desgracias encuadernadas que se les vienen encima a los cómplices y beneficiarios del kirchnerismo, el viento de la Historia barrerá con sus privilegios feudales, y con ustedes y sus infaustas proles. Teléfono, señores senadores. Para una parte importante y creciente de la Argentina no hay vuelta atrás. Una parte importante y creciente de la Argentina entiende cada vez mejor, sin importar si les parece bueno o malo este gobierno, que este gobierno es un gobierno y no una mafia como las que saquearon el país al grito de “Roban, pero hacen”, primero, y “Roban, pero defienden los Derechos Humanos”, luego. Una parte creciente de la Argentina comprende que están pasando cosas que nunca pasaron en el país. Que los corruptos empiezan a ir presos. Que la casta política y empresarial está obligada a declarar ante los jueces. Que la obra pública ha dejado de ser un agujero abierto para que los corruptos y mafiosos se carguen el tesoro nacional. Que puede haber justicia, inclusive, con el Poder Judicial erosionado que nos dejaron y con los mismos 11 jueces -de doce- que Menem, Néstor y Cristina incrustaron en Comodoro Py.

Los que miren un poco más largo podrán ver, inclusive, cosas aún más insólitas. Que en tres años se bajó 40% el costo de la obra pública. Que se están haciendo obras como nunca antes, y casi toda, en beneficio de los argentinos con necesidades básicas insatisfechas. Que temas ayer tabú, como el aborto, son debatidos democráticamente en las instituciones creadas para hacerlo. Que se está dando, como nunca, una batalla a muerte contra el narcotráfico y el crimen organizado. Que quienes gobiernan el país y sus familiares están subordinados a la Justicia. Que bien o mal, a veces corriendo y tropezando a veces, vamos en camino a ser la República que abandonamos en manos de dictadores militares y populistas de manual.

No está dicho, desde luego, que la Argentina que ha comprendido todo esto y piensa en el país que le va a dejar a sus hijos sea capaz de decidir con su voto las elecciones de 2019. Sobre todo, porque siguen siendo inexplicablemente muchos quienes no creerían que Cristina es una psicópata corrupta ni aunque la vieran revolear bolsos a lo López o castigar adversarios a lo D’Elía. Y son muchos también quienes, ignorando la evidencia acumulada en 12 años de complicidad y degradación, creen que el peronismo es diferente al kirchnerismo. Aún peor, una Argentina corporativa empresaria, sindicalista y eclesiástica, los respalda y apoya. No está dicho que no vuelvan más. Y sin embargo, por ahora, la Argentina antipopulista sigue avanzando. Era un milagro que Vidal venciera a la Morsa, y le ganó. Era un milagro que Macri le ganara a un kirchnerismo en el poder, y triunfó. Era un milagro que el Gobierno sobreviviera a la combinación mortal de una herencia catastrófica, un poder político exiguo, una coyuntura internacional crecientemente desfavorable y la peor de las oposiciones posibles, y aquí estamos. Y parecía un milagro, hasta el año pasado, ver en la cárcel a muchos de los principales funcionarios K, Boudou y De Vido incluidos; y allí están. ¿Por qué no creer que se puede? ¿Por qué no pensar que toda la banda, incluida la Jefa, terminará pagando sus culpas según la ley? ¿Por qué no ver a la primera administración de Cambiemos como lo que es y lo que puede razonablemente ser? No los reyes magos que en cuatro años reparan los desatinos de 70 y nos dejan hechos una Suiza pero sí el gobierno que frenó la decadencia, acabó con la mafia y sentó las bases de un futuro incomparablemente superior.

Es un momento bisagra para el país. Nuestro momento. El momento de comprobar la verdadera voluntad de cambio de la sociedad argentina, que no se decide en tiempos de bonanza sino en momentos de angustia y aflicción. Y el enemigo peor, después de todo, no son los Kirchner ni el Partido Justicialista sino la ceguera y el escepticismo. El escepticismo de los que ayer nomás sostenían que nadie iba a ir preso, que los empresarios eran intocables, que la impunidad era la regla inmutable de la política criolla, que con Cristina nadie se metería porque Durán Barba blablablablá. La ceguera de los que a cada sacudón de los mercados sueñan hoy con otro 2001, los que apostaron por Scioli y sueñan con Massa, los que afirman sin vergüenza que la imagen de la reina Cleopatra sigue creciendo en el conurbano, los que dicen que no hay salida al país corrupto, mediocre, impotente y victimista que construyeron por décadas porque han vivido y viven de ese victimismo, esa impotencia y esa corrupción.

Momento bisagra. Miren las fotos de ayer (no solo las de la marcha, todas) y lo verán. ¿Por qué no creer que es posible si, después de todo, lo que tenemos enfrente son remanentes de lo que fue y ya no será: la oposición peronista que trata de despegarse de Cristina pero está demasiado pegoteada, los Moyano y su plan de lucha a favor de los fueros sindicales, los que intentaron entrar a la Casa de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, destruyeron dos autos de la Policía e hirieron a doce agentes, los que difundieron por las redes un siniestro meme en el que era decapitado al Presidente de la Nación?

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