Opinión

Macri y el sindicalismo, ¿quién le teme a quién?

Por Sergio Suppo

Los hechos también se construyen con percepciones. El sindicalismo está convencido de que el gobierno Mauricio Macri inició una escalada judicial para destruirlo. Los últimos indecisos que quedaban se inclinaron por esa creencia una vez que vieron que una seguidilla de balas picó cerca de Hugo Moyano , el gremialista de mayor figuración pública desde el eclipse de Saúl Ubaldini, 25 años atrás.

No es seguro que perseguir a todo el sindicalismo sea una decisión de Macri. Lo que está claro es que en esa vereda levantaron la guardia. Unos para pelear, otros para negociar, como es regla.

Con el paso del tiempo, el gremialismo peronista ha logrado construir la creencia de que no hay sistema de poder posible sin sus caciques envejecidos en el poder por la falta de renovación democrática, enriquecidos por la ausencia de controles institucionales y alejados de la realidad crítica de muchos de los afiliados a sus gremios. Con ellos siempre se puede arreglar, pero con sus potenciales reemplazos (que nunca llegan) el país sería aún más caótico, advierten cada tanto. Llevan medio siglo agitando el fantasma de la izquierda y presentándose a sí mismos como su antídoto.

¿Tiene todavía vigencia esa creencia que paralizó siempre los impulsos de renovación sindical desde 1983 a la fecha? Macri calla y especula con la debilidad de esos viejos conocidos. Apenas si su ministro de Trabajo, Jorge Triaca (por lo demás hijo de un sindicalista emblemático), avisó que el Gobierno no tiene un plan para destruir al gremialismo. Nadie podría reconocer un plan semejante, si existiera.

Las cosas son como son y también como parecen ser para esos hombres curtidos en años de poder. La lectura de los datos que hacen en el universo de la CGT puede resumirse más o menos así: el Gobierno agigantó la grieta con el kirchnerismo para ganar las elecciones y ese triunfo también produjo una avalancha judicial en contra deCristina Kirchner y su gente. Como ese rival se desdibujó, ahora Macri irá por el sindicalismo, al que por un lado tratará de imponerle negociaciones para reformar las leyes laborales y por otro lado perseguirá con los jueces, lanzados a encontrar puntos negros en cada gremio.

En el Gobierno niegan una avanzada, pero no ocultan cierta alegría por la convergencia entre el discurso oficialista de lucha contra las mafias y las imágenes de sindicalistas detenidos en sus mansiones junto a fajos de billetes, armas y autos de lujo.

Medina y Monteros (ambos de la Uocra) y Suárez tenían como común denominador estar identificados con el entorpecimiento mafioso de dos áreas estratégicas: la construcción y la actividad portuaria. El encarcelamiento para Medina y Monteros fue celebrado por Gerardo Martínez, el jefe nacional del gremio de la construcción. ¿Casualidad? Antes de que llegara la policía con las órdenes de detención, las conducciones de Medina y Monteros habían sido intervenidas desde Buenos Aires.

En cambio, Balcedo, del gremio de los porteros bonaerenses, se puso en la mira judicial por la ostentación de una riqueza inexplicable. O sólo justificable por el manejo de fondos del narcotráfico, como investiga la Justicia. Balcedo tiene a su vez un triple parentesco con Víctor Santamaría (del gremio de los porteros), otro sindicalista seriamente comprometido por denuncias. Ambos son investigados por manejar fondos millonarios, los dos heredaron de sus padres las conducciones de sus gremios junto a emporios empresarios conexos y, además, tienen medios de comunicación usados para sus fines políticos y económicos.

Santamaría tiene una militancia kirchnerista que lo llevó a recibir la solidaridad de Cristina y de los suyos. Fue el primero, pero no el único. También Moyano fue abrazado por La Cámpora, en un reencuentro que todavía no está claro si fue bien recibido por el dirigente camionero.

El mundo de Moyano es tan vasto como diversos son los frentes que tiene abiertos. ¿Está Macri detrás de esa encerrona judicial? La pregunta ya fue respondida al comienzo: el sindicalismo cree que sí. Es lo que explica la amenaza de Luis Barrionuevo, que la semana pasada dijo que los gobiernos de Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa terminaron mal por enfrentar al sindicalismo. Tal vez el gastronómico espere que Macri sea un amigo como Carlos Menem, un presidente que luego de despejar el camino de sindicalistas molestos como Ubaldini, asoció a los grandes gremios a las AFJP, el sistema de jubilación privada que liquidó por unos años el sistema de reparto.

Con intención o sin ella, el Gobierno sabe que la escalada contra los gremialistas ya detonó un clima de beligerancia en su contra. Es una reacción desde la debilidad que no necesariamente incluye una confrontación. Los caminos del sindicalismo nunca fueron una línea recta.

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