Opinión

AnálisisEl último que apague la luz

Por Ernesto Tenembaum

Meses antes de la elección del año pasado, luego de recibir uno de los tantos insultos de Elisa Carrió, el influyente Jaime Duran Barba, se sinceró ante un pequeño grupo de empresarios. “Esto no es solo una cuestión personal. Entre Lilita y yo hay una diferencia de fondo. Ella cree que Mauricio fue votado para emprender una especie de cruzada purificadora. Yo, en cambio, pienso que fue votado para gobernar el país. Se sabe lo que ocurre con los gobernantes cuando se transforman en cruzados. Dilma quiso hacer algo así en Brasil cuando aprobó la ley del arrepentido. ¿Dónde está Dilma ahora? Y Brasil, ¿está mejor o peor?”.

La preocupación que expresaba Durán Barba se extiende en estos días entre banqueros, empresarios y políticos que durante años formaron parte de un sistema que se lubricaba con montañas de dinero ilegal.

-Estos tipos están locos. ¿Cómo van a detener a empresarios? ¿No entienden que el capitalismo y la política funcionan en base a la corrupción? Esto es como detener en seco a toda una maquinaria. No solo frena, sino que el impacto es grandísimo. Es suicida lo que están haciendo- se sinceraba en estos días un ex ministro de Cristina Kirchner.

Esos diagnósticos expresan un sentimiento común a todos los procesos de transición. Cuando un sistema cruje, eso genera angustias entre las personas que estaban acostumbradas a sus coordenadas, incluidos sus rasgos más cuestionados o agobiantes. El pasado desaparece, el presente se hace incierto y el futuro solo se puede percibir como un peligro.

Estos procesos se han estudiado mucho a nivel internacional: Adolfo Suarez condujo la transición desde el franquismo hasta la democracia en España, Mijail Gorbachov fue el líder que gobernó durante la caída de la Unión Soviética, Raúl Alfonsín fue el presidente de la democracia argentina. Más allá de la valoración que cada uno pueda tener de estas figuras, lo cierto es que Jaime Durán Barba tal vez tenga razón: el destino político de los líderes que convivieron con períodos de transición estuvo sellado por las dificultades que debieron enfrentar y nunca más volvieron al poder.

La transición que Macri intenta gobernar sin éxito exhibe en estos días sus rasgos más crueles. Uno de sus aspectos es el económico. Macri se propuso salir de un sistema económico cerrado y deficitario, pero en el que las personas habían mejorado su situación personal, hacia otro sistema donde la inversión privada fuera la principal impulsora del desarrollo. Como tantas otras veces en la historia, ese tránsito fue tumultuoso, más aún cuando el Gobierno agregó altas dosis de impericia e improvisación. Casi tres años después de su asunción, la sociedad no percibe cual fue el rédito del cambio que impulsó el Presidente.

El segundo elemento de la transición es el escándalo que sacude en estos días al país. El jueves, en la reunión de la Asociación de Empresarios Argentinos, el jefe de Techint, Paolo Rocca, admitió que su empresa había pagado sobornos. La admisión de Rocca fue histórica, pero también limitada y un tanto cínica. En sus notables investigaciones publicadas en Perfil, Emilia Delfino detalló que en el edificio de Techint existía un piso entero para el manejo del dinero negro. La semana pasada ese piso fue desmontado a medida que avanzaba la causa Centeno. El holding de Rocca está comprometido también en investigaciones que se realizan tanto en Italia como Brasil.

El problema es que Techint es importante para el país. El crecimiento de la producción de gas en Vaca Muerta, por ejemplo, se debe casi íntegramente a las inversiones de ese grupo. ¿Quien producirá si Rocca tiene problemas serios con la Justicia? ¿Quien manejará los aeropuertos si algo le ocurre a los Eurnekián? ¿Quién construirá el soterramiento del Sarmiento si alguna esquirla le toca a Mindlin? ¿Quién manejará el subterráneo de Buenos Aires si los Roggio también caen en la redada? ¿Quien recogerá la basura de la Capital si tres de los seis grupos que lo hacen también son afectados por el escándalo? ¿Y qué pasará si los allanamientos de Bonadío generan una corrida contra algún banco?

El sistema cruje también por el lado político. El presidente Macri está en el peor momento de su gestión. Según algunas encuestas, casi el sesenta por ciento de la población asegura que jamás lo votaría. Cuando eso ocurre, las miradas naturalmente se dirigen al liderazgo opositor. Pero su principal líder, Cristina Kirchner, solo está libre porque los senadores mantienen sus fueros.

Luego de quince días de impresionantes revelaciones sobre cómo funcionaba su Gobierno,Cristina decidió defenderse el viernes por medio de un texto difundido en las redes sociales. El escándalo de los cuadernos ha ensuciado a figuras claves de su Gobierno: Nestor Kirchner, Julio De Vido, Roberto Baratta, José Lopez, Ricardo Jaime, Andrés Larroque, José Ottavis, Juan Manuel Abal Medina, entre muchos otros. Sin embargo, Cristina se defendió solo a sí misma. “Yo no cobré nada”, fue la frase central de su pequeño alegato, como si no hubiera sido Presidente.

Cristina hizo algo más llamativo aún. Calificó como “un funcionario de cuarto nivel”, que no participó de “mis dos presidencias” a Claudio Uberti, uno de los ex funcionarios que denunció que ella sabía de las coimas. Si este último detalle fuera una virtud, ¿que debe deducirse de lo que ocurría en el gobierno en el que Uberti sí fue funcionario, es decir, el de Nestor Kirchner? Con tal de salvarse, Cristina deja caer al amor de su vida. Ese individualismo extremo, donde ella es lo único que importa, tal vez explique por qué tantos ex compañeros no dudan ahora en desquitarse en tribunales.

El peronismo, mientras tanto, navega entre la complicidad, la vergüenza y el espíritu de cuerpo. José Luis Gioja y los gobernadores antiabortistas en la sede del PJ se quejaron esta semana del acoso judicial. Los senadores del PJ impidieron que allanen el domicilio de la ex Presidenta. El jefe de la Cámpora, Andrés Larroque, denunció que todo era un complot de la embajada norteamericana: un día después, un ex compañero suyo denunció que Larroque era uno de los principales receptores de dinero ilegal. Secretarios, choferes, pilotos de aviación, empresarios amigos y enemigos, financistas oscuros, hacen cola en Tribunales para contar la corrupción de la cúpula kirchnerista. Ningún dirigente peronista es capaz de balbucear alguna duda, una autocrítica, cierta conmoción personal por lo que todo el mundo ve.

Macri atraviesa su peor momento como presidente, agobiado por la situación económica y por las denuncias de corrupción, que también llegan a su familia. Cristina está en el peor momento de su carrera, con serios riesgos, por primera vez, de ir presa. Los empresarios se presentan con frecuencia diaria ante el juez Bonadío para confesar delitos e intentar, así, no ir presos. En el medio, la inflación se dispara. ¿Alguien quedará en pie?

En sus últimos años de vida, Tato Bores realizó una serie de especiales en los que se transformaba en un antropólogo del futuro que intentaba investigar lo que había ocurrido con un país llamado la Argentina. Es uno de los rasgos persistentes del ser nacional: cada tanto, parece que todo se termina.

Tal vez los guionistas de Tato hayan tenido razón y, en un tiempo, donde había un país ya no haya nada: tanto va el cántaro a la fuente.

O tal vez no.

Las transiciones son asi. Su destino es siempre una incógnita.

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