Opinión

Barrionuevo quiso agitar miedos en el oficialismo y reveló los suyos

Comparó a Macri con Alfonsín, pero no advierte las diferencias. Si el Presidente avanza, y el sindicalismo sigue como hasta ahora, a la larga será una derrota del modelo sindical creado por el peronismo. La corrupción sindical reemplaza a los K como enemigo ideal del oficialismo.

Hace un tiempo se dudaba de que a Macri le conviniera que Cristina desapareciera de la escena: era su enemiga ideal, ella lo embellecía con sus críticas obsesivas, su infantil deseo por mostrar que estaba todo mal e iba a terminar aún peor. Encima, dividía al peronismo, con lo cual el favor electoral que le hacía era doble. ¿La derrota que el oficialismo le infligió en octubre no terminaría siendo entonces una forma de sacar del juego a la pieza del adversario que más le convenía dejar en el centro de atención?

Al final, no fue para tanto. Porque el mundo peronista parece decidido a seguir generando malos de película para hacerle la vida más fácil al presidente.

Ahora, en este 2018 que no será electoral y sí un año de ajuste, lucha contra la inercia inflacionaria, conflictos distributivos intensos y disputas por el “control de la calle”, sale oportunamente a escena una por ahora interminable lista de impresentables del mundo sindical: Balcedo, Monteros, Caballo Suárez, Pata Medina, Santa María.

 

A la que se suman caciques de siempre dando no su mejor perfil para plantearle batalla al gobierno, encima en el terreno en el que a este más le conviene: Moyano y Barrionuevo finalmente se han puesto de acuerdo en hacer oposición; pero envejecen demasiado para cumplir bien ese rol, su nuevo paso al frente termina de diluir a la nueva dirigencia que esperaban surgiera en su reemplazo, y arrastran para colmo de males una larga convivencia con las peores opacidades del mundo gremial.

El clan Moyano carga con su propio show de chanchullos saliendo a la luz, Independiente, OCA, la obra social de Camioneros, un número indeterminado de empresas familiares que debe haber servido de inspiración al muy emprendedor Balcedo.

Y Barrionuevo carga con su propia lengua, siempre demasiado movediza. Comparar una vez más a Macri con Alfonsín, De la Rúa y los militares porque se atrevieron a “desafiar al sindicalismo” y “no terminaron su mandato”, más que a desafío sonó a ridiculez. Si algo quedó descartado en los últimos tiempos es que Macri tenga que preocuparse al respecto de aquí a 2019. Al contrario, quien revela temor, además de poco olfato, es el propio Barrionuevo mezclándose con escándalos de los que el sindicalismo mínimamente honesto debería despegarse cuanto antes.

 

Pero bueno, hay que reconocer que el gastronómico siempre fue honestoen no querer simular demasiada honestidad.

No es el único que no simula escandalizarse. Lo más sorprendente de las recientes revelaciones sobre sindicalistas devenidos en magnates es no tanto el desparpajo con que venían actuando, los métodos utilizados y la enorme red de protección política y judicial que los rodeaba, sino la falta de sorpresa y la naturalidad con que el sistema político y también buena parte de la sociedad recibieron las revelaciones al respecto: ni una señal de alarma, de preocupación o de arrepentimiento, los líderes políticos hasta hace poco más cercanos al Caballo Suárez, al Pata Medina y a Marcelo Balcedo ni se dignaron hacer un gesto de arrepentimiento por tantos años de abrazos y colaboración. ¿Será que también imaginan que en la sociedad nada de estos escándalos sorprende y finalmente van a pasar como sucedió ya un par de décadas atrás con los de Manzano, Matilde Menéndez, Gostanián y compañía?

Como mucho, lo que se escucha de parte de algunos colegas gremialistas es que no está nada bien, pero la culpa es de un sistema empresario que alimenta la corrupción y “corrompe a los políticos y sindicalistas”, hombres públicos que terminan siendo tentados por el vil metal, por el capitalismo en su peor versión, que es lamentablemente la que tenemos.

¿Es esa la causa de la corrupción, nuestro “capitalismo de amigos”? Datos históricos al respecto no faltan: desde tiempos de la colonia que el patrimonialismo imponía su ley y los hombres de negocios compraban funcionarios como quien compra cualquier otro insumo de sus actividades.

Con el tiempo el estado de derecho se fortaleció, pero tampoco tanto. Pero este no fue el único origen de nuestra tendencia a la corrupción, en el siglo de las masas se complementó con otro cada vez más potente: el imperio del populismo y su impugnación del capital.

Porque si el peronismo hubiera promovido otro sistema distinto tal vez hubiera logrado construir una legitimidad alternativa, estatista, socialista, cristiana, lo que fuera. Pero no hizo nada de eso. Coqueteó con esas ideologías, pero para simplemente horadar la legitimidad del sistema económico existente y, mientras lo mantenía más o menos como estaba, montarse más cómodamente en él y someterlo a los propios intereses y dictados, administrando premios y castigos a piacere.

De ese modo creó un ambiente oscuro en que, como “todas las grandes fortunas ya existentes eran fruto del saqueo” sumarse a la fiesta para enriquecerse del modo más rápido posible no estaba mal visto.

A esta altura es lógico entonces que haya quienes se preguntan: ¿es que la lucha del peronismo contra el capital solo ha alimentado la corrupción? No, también logró otras cosas, solo que no todas fueron buenas, algunas también son malas y complican aún más el problema de la corrupción, y las buenas no duraron demasiado.

Durante unos años promovió la igualdad distributiva en una sociedad que ya era bastante igualitaria e integradora y lo fue mucho más. Pero eso pronto dejó de funcionar. Desde entonces, el reproche que se le hace por un distribucionismo dispendioso e insostenible, es decir su populismo coyunturalista, y también por politizar en tal grado las relaciones económicas que termina conspirando contra la competencia y la eficiencia, es decir, anulando los aspectos innovadores y productivos de la economía de mercado, han sido dos constantes históricas. ¿Atendió estas críticas y aprendió de sus errores? A juzgar por lo sucedido en los últimos años, no demasiado. Y tampoco logró evitar que por esas dos vías el problema de la corrupción en su seno se fuera agravando.

Es este sistema, el que hermana una política discrecional y patrimonialista con un capitalismo de amigos cada vez menos dinámico e incluyente, el que está hoy en crisis. Y es a la luz de este proceso de crisis y del intento de superarla, que la actual disputa en torno a la corrupción adquiere su plena significación.

Sería bueno que el sindicalismo lo comprendiera. Aunque a juzgar por lo que sus máximos referentes dicen y hacen, no parece ser por ahora el caso. Barrionuevo compara a Macri con Alfonsín. Pero no advierte la enorme diferencia en los contextos de uno y otro. Y lo distintas que son las armas que está usando el actual gobierno para forzar un cambio en el poder sindical, respecto a las que se intentaron sin suerte en 1984.

 

Se trata de una ofensiva a la vez más letal y más sencilla. En un contexto en que el afán de justicia es tan o más compartido y focalizado de lo que fue el afán democrático en los ochenta, el gobierno nacional tiene por lo menos tres armas en sus manos, y las tres apuntan al mismo adversario, no la estructura gremial sino a las conductas de sus dirigentes. Por un lado, la reelección ilimitada, que no casualmente ha vuelto a ponerse en el tapete. Segundo, la “rueda de la felicidad” de la inercia inflacionaria, que pone a las conducciones nacionales de los gremios en una situación privilegiada de poder al otorgarles un rol decisivo tanto para preservar el poder de compra del salario como para incidir en las políticas macroeconómicas. Y finalmente el manejo de negocios mafiosos con que se teje el submundo de extorsiones y pactos que atan las manos de la dirigencia empresaria y política.

Si Macri avanza con esas tres ofensivas, y el sindicalismo sigue respondiendo como hasta aquí, el resultado puede ser más conflicto, pero a la larga será una derrota segura no sólo de la actual dirigencia gremial, sino tal vez del mismo modelo sindical creado por el peronismo.

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