Cultura

HistoriaJames Macpherson, el farsante más importante de la historia de la literatura

De origen escocés, el autor juró recopilar poesía antigua de las “Highlands”, que se convirtieron en un éxito editorial y que atribuyó a Ossian, un bardo ciego del siglo III, que fue admirado por Lord Byron, Napoleón, Thoreau, Whitman y Hume, entre otros

James Macpherson -el falsario más trascendente de la historia de la literatura- nació a fines de 1736 en, por así decirlo, Escocia. A los nueve años vio cómo Inglaterra aplastaba la rebelión del ’45, último intento de los jacobinos escoceses por recuperar la soberanía de su país y vio cómo el gaélico fue eliminado de la curricula.

Se crió en ese clima de cataclismo nacional y a los veinte años ya había publicado un poema épico, si bien el éxito de esta composición juvenil no pasó de eso: ser publicable.

Al margen, Macpherson gustaba recolectar baladas populares de las Highlands, o al menos eso fue lo que dijo cuando el azar lo acercó a John Home, famoso dramaturgo escocés que más tarde publicó una tragedia curiosamente titulada Descubrimiento fatal. A instancias de Home, y aclarando que lo hacía en contra de su voluntad, Macpherson cometió una traducción al inglés de estas baladas. Los Fragmentos de poesía antigua recogidos en las tierras altas de Escocia y traducidos del gaélico fueron un éxito rotundo: dos ediciones se agotaron el mismo año de su publicación, 1760.

Un joven Macpherson, por Sir Joshua Reynolds

Un joven Macpherson, por Sir Joshua Reynolds
 

Convencidos por Macpherson (o convenciéndolo a Macpherson) de que esos trozos de poesía debían ser parte de alguna epopeya más generosa, el clan literario de Edimburgo juntó los fondos necesarios para subvencionarle al joven una expedición por el norte del país. La aparición de los poemas épicos Fingal y Temora demuestran que Macpherson encontró lo que buscaba, o buscó lo que ya había encontrado. Las obras, de las que Macpherson decía ser sólo un traductor literal, fueron adjudicadas a Ossian, bardo ciego escocés del siglo III d. C., “el último de su raza”. Una infinita Disertación del profesor Blair y un portentoso aparato crítico verosimilizaban el producto. Un producto cuyo éxito es casi imposible exagerar.

Sobra decir que los primeros en aclamar a Ossian fueron los escoceses, entre ellos el filósofo David Hume. Con los rimados lamentos de este lírico pre-cristiano, las Highlandspasaban de ser un nido de salvajes analfabetos a ser la cuna de una raza de guerreros no menos gloriosa que el poeta que la cantaba.

Ossian el “Homero del norte”

Ossian el “Homero del norte”

La gente comenzó a viajar al norte para conocer la geografía ossiánica, y no tardaron en llegar los primeros reportes informando que se había descubierto la cueva del bardo. Walter Scott, el creador de la novela histórica, debe las ideas de sus primeros trabajos, y acaso hasta el éxito de los mismos, a sus repetidas lecturas del legendario ancestro. En Inglaterra, Lord Byron, Carlyle, Coleridge, Blake, Wordsworth y el resto de los poetas del incipiente movimiento romántico se cansaron de alabar al lacrimógeno Ossian, y de imitarlo.

Cruzando el canal —adonde el bardo atracó con el auspicio de Diderot—, Madame de Stäel lo bautizó “el Homero del norte” y Napoleón lo quería más que al del sur (aún se conserva su copia personal del libro). Del otro lado del Atlántico, Thomas Jefferson, tercer presidente de Norteamérica, le escribe a Macpherson que sus traducciones son para él “fuente de diarios placeres”. Emerson, Thoreau, Hazlitt, Longfellow, Melville y hasta Walt Whitman (que recitaba los poemas de Ossian junto al mar) no pensaban muy distinto.

Cuba, Colombia, Perú, Brasil y Uruguay también tuvieron sus traductores autóctonos. En Argentina, no hay personaje público cuyos escritos no contemplen explícitas alusiones al último de los celtas. Esteban Echeverría, Ricardo Gutiérrez, José Mármol, Tomás Guido, Nicolás Avellaneda… todas las calles conducen a Ossian.

Algunos de los admiradores de Macpherson. Arriba, de izq a der.: Thomas Jefferson, Napoleón y Byron. Abajo: Goethe, Thoreau y Melville

Algunos de los admiradores de Macpherson. Arriba, de izq a der.: Thomas Jefferson, Napoleón y Byron. Abajo: Goethe, Thoreau y Melville

Pero lo dicho es igual a nada si lo comparamos al caso de Alemania, donde surgieron más traducciones de Ossian que en toda Europa. El primero y más entusiasta amante del vate fue Gottfried Herder, cuyas revolucionarias teorías lingüísticas se basan en (y se ven confirmadas por) los poemas de Macpherson. Contagiado por Herder, Goethe declaró que “Ossian ha reemplazado a Homero en mi corazón”. Su Werther, la novela más popular de la época, remata con la larguísima traducción de un poema ossiánico.

Klopstock declaró que los germanos eran descendientes de los celtas y creó una logia de bardos (la Bardendichtung o poesía bárdica, más conocida como Bardengeschrei o griterío bárdico). Los almanaques traían citas de Ossian, los cuadernos de texto para aprender inglés se valían de versiones simples del ya bastante simple Ossian. Escritores, filósofos, pintores y músicos caen presas de su encanto. Alemania fue también el país en donde más se leyó a los falsos traductores de Ossian, que publicaban en nombre del bardo sus propias composiciones.

Como contrapeso a esta histeria colectiva, surge la voluminosa figura del Doctor Samuel Johnson. Él, que tan alegremente se había dejado embaucar por el falsario William Lauder, que tan íntimo era en ese momento del falsario George Psalmanazar, fue el máximo enemigo de Macpherson.

Samuel Johnson, el máximo enemigo de Macpherson

Samuel Johnson, el máximo enemigo de Macpherson

Emprendió su Journey to the Western Islands of Scotland (1775) casi exclusivamente para desbaratar el mito de Ossian. Para el Doc, lo único que podía probar la veracidad de los poemas eran los manuscritos que Macpherson decía tener en su poder. En efecto, nadie vio jamás esos papeles, salvedad hecha de algún que otro testigo tan o más dudoso que los papeles mismos.

Mientras Johnson buscaba pruebas fehacientes fuera de la obra, otros escépticos creían ya haberlas encontrado en los poemas mismos. Macpherson se había cuidado de no ser anacrónico en sus comparaciones, lo que despertó las iras de Horace Walpole (“Estoy cansado de leer de cuántas maneras un guerrero es parecido a la luna, al sol o a una roca”); sin embargo, su sofisticado supernaturalismo prescinde del zorro y del salmón, ubicuos en las verdaderas baladas gaélicas. Algún analista notó además que las rutas escocesas del siglo III no estaban preparadas para soportar los carros que utilizan los héroes ossiánicos; algún otro dio a entender que bastaba estar al tanto de cómo los escoceses solían tratar a sus mujeres para desconfiar de la galantería y la ternura de Ossian.

Pero el golpe fatal a su credibilidad le llegó recién después de muerto, con la publicación casi simultánea del Report of the Highland Society of Scotland y de la demoledora edición de sus poemas por parte de Malcom Laing (1805). La comisión de la Highland Society remata su larga pesquisa sobre el tema (que incluyó viajes al lugar del crimen e interrogatorios policiales a los involucrados) estatuyendo que “si bien la historia de Ossian y Fingal ha existido desde tiempos inmemorables, Macpherson ha editado con bastante libertad sus originales, introduciendo además pasajes de su propio cuño” (Tal como si de acá a algunas décadas alguien diera a luz la traducción literal de un largo poema épico del siglo VI inspirado en tres o cuatro tangos, por comparar cosas chicas con grandes).

La falsa obra de Ossian traspasó fronteras y culturas

La falsa obra de Ossian traspasó fronteras y culturas

Laing, que confiesa haber sido un admirador de Ossian en su juventud, llegó mediante un estudio inmanente de la obra a conclusiones menos ambiguas: casi todo era un plagio. Verso a verso Laing demuestra que no hay frase de Macpherson que desconozca su calco en los Salmos bíblicos, en Homero, en Virgilio, en Milton y hasta en algunos escritores contemporáneos. Lo guió en esta tarea el propio Macpherson, quien supo plagar la primera edición de sus poemas con notas al pie indicando los paralelos de Ossian con “el resto de los antiguos” (las notas desaparecieron en la última edición de 1773).

Macpherson tampoco se privó de insertar la descripción de un escudo, extenderse en comparaciones, abusar del asíndeton y de la parataxis, fabular etimologías, poner asteriscos donde los originales “presentaban lagunas”, marcar interpolaciones tardías en sus fuentes o declarar espurios ciertos pasajes. “No sabemos si admirar el descaro del traductor o la crédula simplicidad del público”, anota Laing.

Mientras que Lord Byron prefirió hacer de su juveniles faltas virtud, aclamando la prosa rimada de Ossian como sublime, fuera o no auténtica, otros (no muchos) supieron ser menos incautos. Goethe explicó que su Werther lee a Homero mientras todavía está sano, y que sólo lo cambia por Ossian cuando ya se ha vuelto loco. Lichtenberg, que había escrito Homero y Ossian en alguna de sus notas, lo cambió luego por Homero y Shakespeare y Horacio y Swift. Jacob Grimm, quizá el más herido en su orgullo personal por el engaño, dejó inconcluso su libro sobre Ossian y se dedicó al Kalevala de Elías Lönnrot (también acusado más tarde de fragua folclórica, lo mismo que los Märchen del propio Grimm).

Pero volviendo a Macpherson. Semanas después de publicado Temora, el traductor creyó conveniente abandonar Londres rumbo a Norteamérica. Se supone que en el viaje se perdieron varios de sus originales (los otros papeles, incluidos sus diarios, desaparecieron misteriosamente en 1868).

Tres años más tarde, de vuelta en Londres, se dio a la política y a la historia. Sus producciones fueron duramente criticadas (alguien llegó a preguntarle si sus historias también estaban traducidas del gaélico), pero contaban siempre con el aval del público y supieron ganarse un defensor capital, el historiador británico Edward Gibbon.

A los 55 años, Macpherson entró al parlamento, honor que conservó hasta su muerte en 1796. Se hizo enterrar en la Abadía de Westminster, cerca del panteón de los poetas y de su archienemigo Johnson. “El primer poeta romántico” (Borges) dejó, aparte de lo dicho y de una calamitosa traducción de la Ilíada en versos ossiánicos, cuatro o cinco hijos ilegítimos. Eso y un castillo de cuya magnitud llegó a arrepentirse: “La verdad –le escribe a un amigo– es que no parecía tan grande en el papel. Pero he ido demasiado lejos; no puedo frenar todo sin desacreditarme.”

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