Opinión

13 de enero de 1898“Yo acuso”: la pluma valiente de Emile Zola que desnudó la corrupción en Francia y logró la libertad de un inocente

Por Alberto Amato

El 13 de enero de 1898, el periodista y escritor publicó un testimonio en el diario L’Aurore que causó conmoción en toda Francia. Con la aparición del artículo quedó al descubierto una trama de corrupción y ocultamiento de la verdad en el caso del capitán Alfred Dreyfus, condenado por traición a la patria. La lucha por la verdad y la insólita respuesta del gobierno.

No tenía ninguna necesidad de hacerlo. Si lo hizo, fue porque era un tipo valiente y porque el ejército francés había cometido una terrible injusticia al amparo de un nacionalismo cerril y ramplón, un antisemitismo galopante y un falso espíritu de cuerpo que siempre fue la palada inicial en las tumbas de cualquier ejército.

El 13 de enero de 1898, hace ciento veinticinco años, el escritor Emile Zola publicó en el diario “L’Aurore” un artículo, titulado en grandes letras y a lo ancho de la que era la portada y la única hoja del periódico, sólo dos palabras convertidas en una, con la fuerza bíblica de una denuncia que emplazaba al ejército y al gobierno de Francia: “J’Accuse, Yo acuso”. Tenía la forma de una carta abierta al presidente francés Félix Faure y echaba luz sobre una vergüenza nacional que había armado una gran mentira para condenar a la muerte en vida a un oficial, el capitán Alfred Dreyfus, enjuiciado por un delito equivalente a la traición, el espionaje en favor de Alemania. Dreyfus había sido degradado y enviado con cadena perpetua a una prisión que era en verdad un moridero a fuego lento en el Caribe: la Isla del Diablo, en la Guayana francesa.

Dreyfus era inocente. Sólo la voluntad de su hermano Mathieu y de su mujer, Lucie, que investigaron por su cuenta el sombrío caso de espionaje; sólo la confidencia y el compromiso de algunos camaradas de Dreyfus, pocos, que estaban convencidos de su inocencia, hicieron que se conociera el nombre del verdadero culpable, que fue juzgado y hallado inocente por un tribunal militar que no estuvo nunca dispuesto a admitir que se había equivocado, en el mejor de los casos, o que había condenado a un inocente a sabiendas de su inocencia.

Fue entonces cuando Zola tomó su pluma y escribió su “Yo acuso”. No tenía ninguna necesidad de hacerlo. Era un novelista de prestigio, un escritor en lo más alto de su fama, condecorado con la Legión de Honor, presidente de la Sociedad Gente de Letras; autor de un ciclo novelesco, “Los Rougon-Macquart”, una obra dividida en veinte novelas escritas entre 1871 y 1893 que llevaba como subtítulo: “Historia natural y social de una familia bajo el segundo imperio”, era también la cabeza de un movimiento literario llamado “naturalismo” junto a Guy de Maupassant y un hombre de una pluma corpulenta y pujante y un estilo franco y abierto: el mundo entraba a un siglo nuevo y Zola lo anticipaba. La envidia, los celos, acaso el rencor, la proverbial tontera que reina en las elites, le negaron un sillón en la Academia de Letras; pero en los días en los que Dreyfus es juzgado y condenado, Zola ha terminado de escribir un tríptico, “Las Tres Ciudades” y está por empezar otro, “Los cuatro evangelios”. No tiene necesidades, es dueño de una pequeña fortuna tras años de privaciones; no tiene ya que demostrar nada, pero asume el compromiso de defender a Dreyfus y, más que defender al inocente encarcelado, encara la tarea de desnudar la corrupción del ejército, el cínico entramado que permitió enjuiciarlo y, una vez comprobada su inocencia, mantenerlo preso para evitar que la verdad y la vergüenza salieran a la luz.

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Émile Zola en 1880

Zola tiene también un compromiso con la verdad. En sus años jóvenes, está a punto de cumplir cincuenta y ocho años cuando escribe “Yo acuso”, fue periodista todo terreno, trabajó en varios periódicos y en diferentes secciones, entre ellas la que, en su época se mencionaba con un eufemismo, “Sucesos”, a la que iban a parar todas las noticias que no eran políticas, económicas, internacionales, policiales o deportivas. Como periodista enarboló una escritura orientad a la eficacia, que ya es decir, hasta que su elocuencia, que va a fulgurar en las intensas descripciones de sus novelas, lo convirtió en uno de los editorialistas más respetados de su época y en uno de los críticos de arte más temido por su rigor sin renuncios.

Todo eso pone en juego Zola cuando escribe su “Yo acuso”. Eso y más: sabe que lo que escriba puede costarle la cárcel. Va a acusar ante el presidente de Francia a diez actores del caso Dreyfus, entre ellos al ministro de Guerra y al Jefe del Estado Mayor del Ejército. En Francia rige una ley sobre libertad de prensa, sancionada el 29 de julio de 1881, que le va a caer encima y Zola lo sabe. Es más: lo dirá en la parte final de su sensacional artículo.

El caso Dreyfus es tan intrincado, tan oscuro y enzarzado, que desanima cualquier intento de síntesis. En aquellos años, Francia navegaba en un lodazal. Eran los tiempos de la Tercera República y de crisis económica y social. La no tan lejana guerra con Prusia, encarada por Napoleón III, había terminado con los prusianos en París y con una breve experiencia de gobierno popular, el de la Comuna, que terminó aplastada por los prusianos vencedores unidos al ejército francés vencido y con una masacre que ensangrentó las calles parisinas, en especial las de Montmartre, hechos todos que bien recuerda hoy el pequeño y rico museo barrial.

En septiembre de 1894, la inteligencia militar francesa tuvo acceso a una carta, a la que llamó “le borderau”, partida en seis pedazos, escrita en papel biblia, sin fecha y dirigida al agregado militar de la embajada alemana. Le anunciaba el inminente traspaso de documentos militares franceses a la que era entonces una potencia enemiga de Francia. Tras la guerra con Prusia, el imperio alemán se había anexado la zona de Alsacia y Lorena y había dejado abierta una herida y un conflicto que llegaría hasta los años del ascenso de Hitler al poder: en casi todo el drama Dreyfus actúan oficiales y jefes militares alsacianos. Dreyfus era uno de ellos.

Alfred Dreyfus, el militar falsamente acusado de traición a la patria

El ministro de guerra, Auguste Mercier, a quien sus propios camaradas tenían como a un notable incompetente, decide encontrar a un culpable del espionaje. No al culpable, sino a uno, cualquiera. Los ojos caen sobre Dreyfus, de treinta y cinco años, alsaciano y judío, lo que encajaba en el perfil fabricado por los investigadores del ejército, en los que late un fuerte antisemitismo. El 13 de octubre, sin pruebas, someten a Dreyfus a un peritaje caligráfico de pacotilla encarado por el comandante Armand Du Paty de Clam, un antisemita furioso y grafólogo aficionado, que concluye que la letra de la carta a los alemanes es la de Dreyfus. No lo era. En un gesto dramático, Du Paty coloca una pistola frente a Dreyfus para sugerirle el suicidio honroso. Dreyfus le dice que quiere vivir para demostrar su inocencia. Todo sirve de nada: acusan a Dreyfus de espionaje y lo encierran en la cárcel de Cherche-midi, en París. Nadie cree en el joven oficial excepto dos personas, su mujer, Lucie, y su hermano Mathieu.

El 29 de octubre el escándalo es revelado por el periódico antisemita “La libre parole” que lo convierte en una causa común. La prensa jugó en el caso Dreyfus un papel decisivo y retrató a una sociedad que también estaba ya partida por otros motivos. En los ochenta años previos a la Tercera República, Francia había vivido siete regímenes políticos diferentes: tres monarquías constitucionales, dos repúblicas efímeras de doce y cuatro años de duración cada una, y dos imperios. El 19 de diciembre Dreyfus es sometido a un Consejo de Guerra y el 22, pese a la debilidad de las pruebas, siete jueces militares lo condenan por unanimidad por traición a la patria. Antes, los investigadores del Estado Mayor entregaron al tribunal un “expediente secreto” un acto de absoluta ilegalidad, que no contenía ni más pruebas, ni más datos que la endeble investigación oficial.

El 15 de enero de 1895, en la tradicional “Ecole Militaire” de París, cerca de los Campos de Marte, Dreyfus fue degradado en una humillante ceremonia en la que le arrancaron sus galones de capitán, sus insignias militares y partieron su sable de oficial. Dos días después le enviaron a la prisión de la Isla de Re donde lo visitó su mujer: hablaron cada uno desde las cabeceras de una larga mesa y ante el director del penal. El 21 de febrero, a bordo del “Ville de Saint Nazare”, lo trasladaron a la Guayana francesa, adonde llegó el 12 de marzo. Pasó primero por la Isla del Real y el 14 de abril fue a parar a la Isla del Diablo, destinado a pudrirse en una casilla de piedra de cuatro por cuatro, que incluía una cama basta. Dreyfus y sus guardias eran los únicos habitantes de aquel infierno. El capitán nunca dejó de proclamar su inocencia. Su calvario iba a durar doce años.

Mathieu Dreyfus encaró la defensa de su hermano, junto a Lucie, la esposa del condenado. Mathieu conocía al médico Joseph Gibert, amigo del presidente Faure, a quien le dijo que se había entrevistado con una mujer en Le Havre que, bajo hipnosis, le había confesado lo del expediente secreto. Cierto o no, Mathieu pidió a Gibert que chequera el dato con Faure. El presidente lo confirmó: había un expediente secreto y se lo habían entregado a los jueces antes de la condena.

Documento inculpatorio atribuido a Alfred Dreyfus

Los Dreyfus pidieron ayuda al periodista Bernard Lazare que cuestionó la investigación y escribió en Bruselas un folleto que no fue leído por mucha gente pero encendió las alarmas en el Estado Mayor francés, consciente de la injusticia que se había cometido. El Ejército tenía a esas horas un nuevo jefe de inteligencia, el coronel Georges Picquart: sus jefes sospechaban que era Picquart quien había filtrado alguna información a Lazare. Pero Picquart no había filtrado nada: había descubierto por su cuenta y sin que se lo pidieran al verdadero espía, que era otra cosa. En marzo de 1896, cuando Dreyfus llevaba más de un año preso en la Isla del diablo, Picquart tuvo acceso a documentación interceptada por el espionaje francés que había sido dirigida a la embajada alemana. En esos documentos descubrió unas cartas escritas por el oficial francés Ferdinand Esterhazy: la letra de Esterhazy era exactamente igual a la de los documentos que se habían usado para culpar a Dreyfus.

Picquart envió al Estado Mayor el resultado de su investigación secreta y no autorizada que demostraba que Dreyfus era inocente. Lo que hizo el Estado Mayor fue de una brutal infamia: relevó a Picquart de su cargo, lo envió a una oportuna misión en Argelia, nombró a un nuevo jefe de Inteligencia, el coronel Joseph Henry, y se negó a discutir la investigación de Picquart con el argumento de la cosa juzgada. Para el general Mercier y para su sucesor, el general Emile Zurlinden, “lo que se hace, está hecho; no se vuelve nunca hacia atrás”. Así, el ejército francés se negó a admitir que la condena a Dreyfus había sido un grave yerro judicial, o un endiablado complot contra el oficial. Para completar la infamia, el Estado Mayor protegió a Esterhazy, el verdadero espía, e intentó desacreditar a Picquart que recién retornó de su misión en Argelia en 1897. Ese fue el año en el que Emile Zola se metió de lleno en el caso Dreyfus.

Al novelista le habían pedido ayuda el hermano del preso, el escritor Joseph Reinach y el presidente del Senado francés, Auguste Scheurer-Kestner. Francia, en especial su capital, estaba dividida entre los defensores y los acusadores de Dreyfus. Entre quienes abogaban por un nuevo juicio, esta vez justo, y defendían también al humillado coronel Picquart sobresalían Anatole France y Paul Bourget, León Blum y Jean Jaurés; el periodista Lazare convenció a Georges Clemenceau y a su hermano Albert y entre los muchos estudiantes que recogen firmas en favor del condenado, se destaca un muchacho veinteañero que apunta como gran novelista: Marcel Proust.

Clemenceau, que en principio había estado convencido de la culpabilidad de Dreyfus puso al servicio del militar su pluma vigorosa y escribió en “L’Aurore” un artículo en el que preguntaba: “Quién protege al comandante Esterhazy? La ley se detiene, impotente delante de este prusiano disfrazado de oficial francés. ¿Por qué? ¿Quiénes pues tiemblan delante de Esterhazy? ¿Qué poder oculto, qué razones inconfesables se oponen a la acción de la justicia? ¿Quién le barre el camino? ¿Por qué se protege a Esterhazy, personaje deplorable de moral más que dudosa, mientras que todos lo acusan? ¿Por qué se desacredita a un honesto soldado como el teniente coronel Picquart, abrumado, deshonrado? ¡Es necesario que lo digamos!”

El 5 de enero de 1895, Alfred Dreyfus fue degradado en una humillante ceremonia pública en la que fue desprovisto de todas sus insignias militares y se rompió su sable de oficial. Acusado de espiar para Alemania, el alto mando francés no dudó en manipular las pruebas para que fuera condenado. FOTO: Leemage / Prisma Archivo

Pero nadie quería decir nada. Es más: el caso dio un nuevo giro contra Dreyfus. El verdadero espía, Esterhazy, no tuvo más remedio que admitir su correspondencia con la embajada alemana, y con su embajador, para dar respuesta a las preguntas sin respuestas de Clemenceau. El cuestionado Estado Mayor francés “exigió” a Esterhazy que pidiera él mismo ser juzgado, y Esterhazy obedeció. El 10 de enero de 1898 se presentó ante un Consejo de Guerra que sesionó a puertas cerradas. Los testigos pedidos por Mathieu Dreyfus y por Lucie, la mujer del capitán, fueron desechados. Los calígrafos dijeron no reconocer la letra de Esterhazy en los documentos. Al día siguiente de comparecer ante los jueces, Esterhazy fue absuelto después de que los jueces deliberaran tres minutos. Un par de meses después se exilió en Londres y allí murió en mayo de 1923, sin abrir la boca. Pero aquella mañana de su amañado consejo de guerra salió ovacionado del tribunal. Era el 11 de enero de 1898. Dos días después, apareció el “Yo Acuso”, firmado por Emile Zola.

Ya lo tenía escrito: era un convencido de la inocencia de Dreyfus desde el comienzo del caso. Andaba con su artículo bajo el brazo en busca de un editor y es Clemenceau quien lo acerca a Ernest Vaughan, director de un joven diario militante “L’Aurore” que, en esos meses era, además, una publicación matutina flamante creada en octubre de 1897 y que consistía en una sola página. Vaughan era un hombre vinculado a la Asociación Internacional de Trabajadores, influenciado por Pierre-Joseph Proudhon, el filósofo, político y anarquista francés, uno de los padres, junto con los rusos Mijail Bakunin y Piotr Kropotkin y con el italiano Enrico Malatesta del llamado “movimiento anarquista histórico”.

Zola y Vaughan se encuentran la mañana del 12 de enero, al día siguiente de la ignominiosa absolución de Esterhazy. Zola le muestra su artículo titulado: “Lettre à M. Félix Faure Président de la République – Carta al Sr. Félix Faure Presidente de la República”. El texto conmueve a Vaughan. Quedan en que Zola pase más tarde por la redacción de “L’Aurore” para que el resto de la dirección del diario conozca su manifiesto. Después del mediodía Zola lee su “Yo Acuso” a la plana mayor del diario. Clemenceau discrepa un poco con el texto, que es un barril de pólvora con la mecha encendida. El diario impulsa que la inocencia de Dreyfus tiene que ser probada en un nuevo juicio, es imprescindible que el periódico mantenga la necesidad de una solución jurídica al drama. Pero Vaughan no puede sino rendirse ante las palabras de las palabras de Zola: “L’Aurore” mantendrá su coherencia y defenderá la salida jurídica del caso Dreyfus. Pero va a publicar ese texto que quema en las manos.

¿Qué hizo Zola? Recurrió a la prosa periodística que tan bien conoce y a la que mezcla con algunos recursos literarios que, sospecha, harán más claro y comprensible su texto. Sospecha bien. Por ejemplo, usa la anáfora, una figura retórica de nombre fatídico y ejecución peligrosa porque entre lo sublime a lo ridículo hay una línea muy delgada, pero que habilita una técnica muy bonita que consiste en reiterar adrede, sin caer en la redundancia o en la repetición: se trata de reiterar, de una palabra, o una frase, para generar en el texto cierta relevancia literaria o, simple y sencillo, para fijar una idea. Sin sospechar que será el título con el que sus palabras van a pasar a la historia, Zola elije:” Yo acuso”, a veces sólo “Acuso”. No es un fiscal ni está ante un tribunal, es un periodista que busca una verdad que le ocultan, porque cree que lo que se oculta debe ser revelado. Y dice:

Dreyfus, prisionero en la Guayana francesa en 1898

“Yo acuso al teniente coronel Paty de Clam como laborante –quiero suponer inconsciente– del error judicial, y por haber defendido su obra nefasta tres años después con maquinaciones descabelladas y culpables. Yo acuso al general Mercier por haberse hecho cómplice, al menos por debilidad, de una de las mayores iniquidades del siglo. Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus, y no haberlas utilizado, haciéndose por lo tanto culpable del crimen de lesa humanidad y de lesa justicia con un fin político y para salvar al Estado Mayor comprometido. Acuso al general Boisdeffre y al general Gonse por haberse hecho cómplices del mismo crimen, el uno por fanatismo clerical, el otro por espíritu de cuerpo, que hace de las oficinas de Guerra un arca santa, inatacable.

Yo acuso al general Pellieux y al comandante Ravary por haber hecho una información infame, una información parcialmente monstruosa, en la cual el segundo ha labrado el imperecedero monumento de su torpe audacia. Acuso a los tres peritos calígrafos, los señores Belhomme, Varinard y Couard por sus informes engañadores y fraudulentos, a menos que un examen facultativo los declare víctimas de una ceguera de los ojos y del juicio. Acuso a las oficinas de Guerra por haber hecho en la prensa, particularmente en “L’Éclair” y en “L’Echo” de París una campaña abominable para cubrir su falta, extraviando a la opinión pública. Y por último: yo acuso al primer Consejo de Guerra, por haber condenado a un acusado, fundándose en un documento secreto, y al segundo Consejo de Guerra, por haber cubierto esta ilegalidad, cometiendo el crimen jurídico de absolver conscientemente a un culpable.

Zola está harto, casi es perceptible su furia en los adjetivos, en los adverbios; decapita a todos los títeres, deshace a golpes de verbo el tinglado de cartón que condenó a Dreyfus y asume lo que le espera, lo anticipa y no parece temer: “No ignoro que, al formular estas acusaciones, arrojo sobre mí los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que se refieren a los delitos de difamación. Y voluntariamente me pongo a disposición de los Tribunales.”

Lo condenaron, por supuesto. Pero ahora, la voz de Zola hace temblar a la redacción de “L’Aurore”. El artículo se va a publicar al día siguiente, 13 de enero. Sólo hay que buscarle un título. El que lleva Zola, no sirve: “Carta abierta al señor…”, es largo, soso, anodino. El titular de “L’Aurore” tiene que ocupar todo el ancho de la portada. En eso Clemenceau coincide con Vaughan que busca “un gran titular que llame la atención de sus lectores”. Sugiere que debe usarse una tipografía pesada, que se pueda ser vista desde lejos cuando el periódico se exhiba en los puestos de venta y afirma que el título debe ser claro, breve y conciso, fácil de entonar por los vendedores callejeros. Vaughan elige, junto a Clemenceau “Yo acuso”. Cuidan hasta la tipografía: el títular se forma de una sola palabra con dos sílabas; las dos mayúsculas iniciales y los puntos suspensivos seguidos por un signo de exclamación le dan una extraordinaria fuerza dramática. El artículo de Zola está por parir un nuevo estilo en el periodismo de opinión. A la mañana siguiente, “L’Aurore” con una portada que se ve de lejos y tiene un título catástrofe en gruesas letras negras que los vendedores callejeros vocean sin cesar, da vuelta para siempre el Caso Dreyfus.

Alfred Dreyfus (de pie, a la derecha), durante el juicio de revisión de su caso Dominio público

En febrero, Zola compareció ante los tribunales franceses acusado por violar la ley de libertad de prensa y por difamación. Una ley de libertad de prensa es un oxímoron, no una ley. El presidente del tribunal le prohibió al acusado hablar sobre el caso Dreyfus: lo hicieron por él más de cien testigos. De todos modos, Zola fue condenado a la pena máxima, un año de prisión y tres mil francos de multa. Se exilió en Londres. Pero el caso Dreyfus volvió a la vida. El 5 de junio de 1899, después de cinco años de prisión en la Isla del Diablo, le dijeron al capitán condenado que su juicio iba a ser revisado.

El 30 de junio Dreyfus desembarcó en Port Haliguen, al sur de Bretaña. Lo encerraron en la cárcel de Rennes, con la ciudad bajo estado de sitio y envuelta en la violencia, y el 7 de julio volvió a estar frente a un Consejo de Guerra. Impresionó a quienes no lo veían desde 1894: estaba flaco, desmejorado y envejecido. Todo el Estado Mayor declaró contra él sin ninguna prueba. La admisión que había hecho Esterhazy de su carteo con los alemanes fue considerada nula, lo mismo que la confesión del coronel Henry, aquel que había reemplazado a Picquart en el servicio de Inteligencia y que, cercado por su conciencia, había terminado por confesar las maquinaciones contra Dreyfus y contra Picquart. Lo habían encarcelado y se había suicidado al día siguiente de entrar en prisión: se cortó el cuello con una navaja de afeitar. Muerto Henry, se acabó la prueba.

El ejército francés no estaba dispuesto a admitir nada. El 9 de septiembre de 1899, los jueces militares, por cinco votos contra dos, volvieron a condenar a Dreyfus como culpable de traición, ahora “con circunstancias atenuantes”. Dreyfus y sus abogados presentaron un recurso de revisión del nuevo juicio y la nueva condena. Pero el gobierno, que no estaba interesado en un tercer juicio y en un nuevo escándalo, o estaba convencido por fin de la inocencia del condenado, ofrece a Dreyfus un indulto a firmar por el presidente Émile Loubet, quien había reemplazado a Faure que había muerto en el ejercicio de su cargo, en el Palacio del Elíseo y, según las versiones, en medio de un acto sexual. Dreyfus no quería el indulto porque, si lo aceptaba, aceptaba también su culpabilidad. Pero los ruegos de su familia, su propio futuro, dejar para siempre el calvario de la Isla del Diablo y regresar a Francia le hicieron cambiar de decisión. El presidente Loubet lo firmó el 19 de septiembre de 1899 y el 21 Dreyfus recuperó su libertad.

Al año siguiente empezó un proceso por su rehabilitación. Fue un proceso largo, duró siete años. La huella que el escándalo que Dreyfus no provocó, por el que pasó cinco años en una prisión del Caribe en la que no murió por casualidad, la trama inventada por quienes habían sido sus jefes y la cobertura de esa infamia que toleraron quienes habían ocupado cargos clave en el Estado Mayor del ejército francés, el fuerte tufo a antisemitismo que despedía el caso, todo era una carga demasiado pesada para que un proceso que limpiara su nombre fuera rápido, discreto, efectivo y veraz. Dreyfus fue reintegrado al ejército en 1906 y designado, como comandante, Jefe de Escuadrón. Pero fue obligado a renunciar al año siguiente. Siete años después, como oficial de reserva, jefe de artilleros y con el grado de coronel, participó en la retaguardia de París cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Murió el 12 de julio de 1935, a los setenta y cinco años.

Archivo:J'accuse - Gallica - page 1.jpg

Emile Zola no llegó a ver la reivindicación de Dreyfus. Había regresado de su exilio en junio de 1899, cuando Dreyfus era trasladado a Francia para ser sometido a su segundo juicio. El gobierno francés no presentó ningún cargo contra Zola que integraba ya la Sociedad de los Derechos Humanos, que se creó el 25 de febrero de 1898 y empezó a funcionar como tal el 4 de junio, y que reunía a los intelectuales más importantes de Francia, todos partidarios de Dreyfus, nucleados por el primer presidente de la Sociedad, Ludovic Trarieux.

Su “Yo acuso” hizo algo más que defender al capitán Dreyfus y desnudar a los culpables de una condena injusta: fue una voz decisiva contra los abusos del poder, contra la corrupción y contra cualquier exceso que se cometa en nombre de una razón de Estado. Zola lo revela en su texto, con palabras más delicadas, al presidente Faure: “Tal es la verdad, señor Presidente, verdad tan espantosa, que no dudo quede como una mancha en vuestro gobierno (…) No creáis que desespero del triunfo; lo repito con una certeza que no permite la menor vacilación; la verdad avanza y nadie podrá contenerla.(…) Cuanto más duramente se oprime la verdad, más fuerza toma, y la explosión será terrible. Veremos cómo se prepara el más ruidoso de los desastres”. Anatole France va a retratar a Zola con dos frases en su funeral en el Pantheon: “Envidiémosle, su destino y su corazón le hicieron la suerte más grande. Él fue un gran momento de la conciencia humana”.

Emile Zola, que había recibido numerosas amenazas de muerte durante el caso Dreyfus, murió cuatro años antes de la rehabilitación del militar, el 29 de septiembre de 1902, asfixiado por el humo de su chimenea. Su mujer, Alexandrine, se salvó por milagro.

 

 

 

 

 

 

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