Opinión

Análisis Un límite del que no se vuelve

Por Héctor M. Guyot

La marcha que acompañó el pedido de justicia de los padres de Fernando Báez Sosa resultó el hecho más impactante de la semana. Fue una convocatoria de la gente, hecha al margen de la política, a la que acudieron miles de personas. La Plaza del Congreso terminó cubierta por una verdadera marea humana. Entre los presentes palpitaban una fuerte indignación y el reclamo de castigo a los miembros de la patota que, a fuerza de golpes, terminó con la vida de Fernando aquella noche en Villa Gesell. A la luz de la prueba reunida, de las imágenes del castigo que le infligieron a la víctima, de los mensajes de WhatsApp que denotan la conciencia de lo que hicieron y la falta de remordimientos, uno podría suponer que la Justicia, tantas veces remisa, no necesita en este caso de la presión popular para dar curso al proceso y arribar a una sentencia. De todas formas, la gente estaba allí. Por Fernando y por esos padres que han quedado sin su hijo, en primer lugar. Sin embargo, es probable que cada cual haya llevado a la plaza, además, motivos más personales, más íntimos, más difíciles de articular.

Seguí el acto desde uno de los televisores de la Redacción del diario. Era fácil constatar, incluso a través de la pantalla, que la gente se había congregado por el fin de la violencia, lema de la cita. Como sociedad que tiene un respeto resbaladizo hacia las normas, convivimos con la violencia a diario, en distintas dosis y circunstancias. Donde no hay reglas, el otro resulta una amenaza, pues no se sabe qué esperar de él. Y la calle es una jungla donde prevalece el más fuerte o el más vivo, aquel que se anticipa y pega primero, el que roba una ventaja a los demás antes de quedar aventajado. Esa falta de ley impera también en la política. Apenas disfrazada, la hemos naturalizado. No es sencillo medir el impacto de esto en la cultura en la vida de todos los días, pero sin duda corroe el sentido, el para qué, una carencia que muchas veces se traduce en más violencia, en una espiral que se retroalimenta. ¿De qué otra forma explicar este crimen sin motivación, consumado mediante la descarga gratuita de agresiones que se ceban en sí mismas hasta acabar con la vida de un inocente?

Tal vez la Plaza del Congreso se haya llenado por la presunción de que el crimen de Gesell, que podría haberle tocado a cualquiera, marca un límite del que no se vuelve, así como la imperiosa necesidad de recuperar la racionalidad perdida. Con gran acierto, Alejandro Katz calificó la manifestación de «marcha moral». Es decir, no se trata solo de una cuestión de seguridad. Esa tarde, frente al Congreso, la gente allí reunida lanzó una crítica al modo en que estamos viviendo. A la forma en que nos relacionamos. Este reclamo interpela a toda la sociedad y especialmente a los políticos, tanto del Gobierno como de la oposición.

Todo vale cuando se pierde el sentido y no hay ley. La violencia empieza por la palabra, el medio para entendernos en las diferencias. Más precisamente, cuando el poder la vacía de significado para convertirla en un arma a su servicio. «La guerra es la paz», decía el gobierno totalitario en 1984, la novela de Orwell. Ese es el método que aplican los populistas de todo el globo. El día de la marcha, el Presidente lanzó una pieza de propaganda en la que se alinea disciplinadamente con la vicepresidenta. En ella, Alberto Fernández dice que, durante el gobierno de Macri, «el Estado de Derecho fue vulnerado sistemáticamente mediante la aplicación regional de las tácticas de persecución del lawfare«. Falso. A las causas contra el saqueo del kirchnerismo les sobran pruebas y constituyen una excepción ante la atávica pasividad de la Justicia argentina frente a la corrupción política. Luego, tras hablar de «armado de causas y detenciones arbitrarias» con la imagen de Milagro Sala detrás, el Presidente afirma: «A dos meses de gobierno, comenzamos a reparar los daños realizados. Estamos construyendo una Justicia independiente del poder político». En verdad, están haciendo lo contrario. El listado de acciones que lo prueban no entraría en esta columna. Solo digamos que ese día Fernández retiró del Congreso unos 200 pliegos de candidatos a juez que había impulsado Macri, con el fin de eliminar a los que hubieran participado de alguna investigación sobre Cristina Kirchner y sus funcionarios.

La oposición, sin liderazgo ni organicidad, tampoco parece haber prestado oídos a la marcha del martes. Tras unas largas vacaciones de la política, Macri y María Eugenia Vidal están volviendo al ruedo, pero se mostraron más preocupados por sus propias acciones de marketing. El expresidente visitó a un chico internado en la ex-Casa Cuna y Vidal rindió homenaje a una bonaerense de 100 años que volvió a la escuela. Hace falta otra cosa. La salud institucional del país exige una oposición de reflejos rápidos, articulada y decidida.

¿Cuánto tiempo ha de pasar para que los dirigentes escuchen y asuman el reclamo de la Plaza del Congreso?

 

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