Opinión

A 40 años de su muerteRecordando a Ricardo Balbín

Ricardo Balbín

Por Carlos Saravia Day

Testimonio y recuerdo a 40 años de la muerte del líder radical

Una muchedumbre de sucesos que se empujan, en tropel en la memoria, siluetas descoloridas o esfumadas, divagan como las almas paganas por los campos Elíseos. Silenciosas y tristes. De repente toman forma, color y se animan con la evocación, cuando parecen olvidadas.

La figura de Balbín, abarcó la misma extensión política que la de Perón, y transcurrieron a modo de vida paralelas, como cabezas de series de los dos principales partidos políticos, desde 1946 hasta su muerte. Al final del recorrido antagónico de sus vidas, se estableció un vínculo entre ambos, cuando el país así lo exigió.

En mi caso, como en todos los casos de toda aproximación histórica, los hechos no llegan en estado puro. Siempre hay una refracción al pasar por la mente de quien los recoge. Treveyland, conocido historiador inglés, confiesa que fue “educado en una familia liberal, en tanto exuberante”. Es mi caso, en una familia radical también exuberante. Si bien pretendo dar testimonio de una larga conversación con Balbín, relatando “dramatis personae” lo sucedido, no es menos cierto que al lector, le resultará fácil advertir de que pie renguea el que escribe.

Ricardo Balbín y Carlos Saravia Day durante un acto en Salta

En el tiempo que transcurrió la vida política del doctor Balbín, la historia, (es una lástima aunque sea muy natural), ha sido vista en trance histérico. Abundan la execración o la elegía, con un sistema de filias y fobias; a la postre domina la oscuridad.

Tanto el que lee historia como el que la escribe, es un generalizador crónico, que aplica la observación a otros contextos históricos, o a su propia época. Vicios en que incurren muchos políticos hoy en día, al pretender revivir el ideario sin más ni más de la década del ´70, al solo soplo divino exhumatorio de Lázaro: levántate y anda. De paso, adoptan el más maniqueo de los métodos históricos: echarle la culpa al último que llega.

Mis más lejanos recuerdos, lo asocian a Balbín a la tribuna política.

Eran tiempos sin televisión y de grandes actos públicos; la figura central era Balbín, que cultivó la oratoria como arte.

Establecía con facilidad asombrosa el vínculo afectivo con el público, con voz varonil y templada. Siendo bajo y más bien grueso, ayudado por el gesto y el ademán, cautivaba con su metáfora.

Quizás haya sido, el último gran orador de linaje espiritual, efusivo y cuidado.

Ya en la postrimería de su vida, pude conversar con el gran orador, que también era a la par un gran conversador, arte este último también difícil. Su palabra era sugerente y discreta.

Después de su entrevista con Perón, cuando vino a Salta, el mandato de la mesa directiva del Comité Provincia de la UCR –de la que yo formaba parte-, a fuerza de la fuerza, (es decir por la veda política), venía prorrogado por una década. El vuelo de regreso tuvo un largo retraso, volvimos a la ciudad y en el monumento a Güemes es una tarde soleada pude conversar: Lugar común, de curiosidad obligada, resultaba la entrevista con Perón. Me dijo, que no lo había tratado nunca personalmente, que le resultó simpático, y que en determinado momento, Perón le dijo que entre ellos podían encarrilar al país. Balbín le replicó que estaba de acuerdo, pero su partido requería de un período de reflexión y consentimiento. A todo esto los bombos atronaban y cuando Balbín le preguntó por la ruidosa concurrencia, Perón le asegundó diciendo que: “no todos eran peronistas”.

Ninguno de los dos se equivocaba; cada peronista es un soldado y cada radical una soberanía.

Recuerdo también que le dije resultarme extraño que los presidentes de los dos partidos más importantes, nunca hubieran mantenido relación. Yo estaba más impresionado por el trato en la democracia madura, sobre todo en el sistema parlamentario europeo, que mantenían los jefes de los partidos. Me contestó que justamente, concurrió a velo a Perón, para poner fin al estado de irreconciliable enemistad política que hasta entonces se había vivido. (Y que hoy se intenta desgraciadamente restaurar).

Atrás había quedado su desafuero, como presidente del famoso bloque de los 44, el mejor bloque parlamentario de la historia argentina.

Borrado quedaba el recuerdo de su prisión, en la cárcel de Olmos, por el ridículo delito de desacato.

Había llegado a la edad colmada, después de camino largo y de experiencias múltiples. Tuvo que pasar por turbaciones y desencantos; las penas adornaban el camino recorrido. Es el momento en que se reconoce su garra.

La política de Balbín, como toda auténtica política, postula la unidad de los contrarios. Nada se parece más al abrazo fraterno, que el combate mano a mano cuando es leal.

Su figura es la del combatiente constante, no la del triunfador; siempre acatando las reglas de juego que llevan a la reconciliación en el momento en que fluyen las ideas claras y compartidas. La verdad parcial, es también verdad para Dios.

Después despide este “viejo adversario al amigo”, en su célebre oración fúnebre, y al hacerlo lo hace en nombre “de sus viejas luchas”.

Más que las grandes inteligencias, son los grandes caracteres los que imprimen el tono espiritual a los pueblos.

Frente a la especulación intelectual, supo optar por la acción más allá del resultado, oponiéndole la voluntad que culmina en virtud.

Balbín simboliza al arquetipo de la dignidad política y el valor para mantenerla: fue recio, no para los hombres, sino para las adversidades.

    

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