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En el CilindroRacing empató y celebró a lo grande su título

Racing Campeón de la Superliga 2018-2019. 07.04.2019 Foto Maxi Failla

La cancha se rindió ante los pies del rey Lisandro López. Hubo ovación para Coudet, que hizo un guiño para su continuidad y silibidos para Centurión.

Todo se resume en esa bandera. Todo.

«El simple hecho de amarte le da sentido a mi vida», reza el trapo celeste y blanco, claro, ¿de qué otro color? Está perdido entre tantos otros, pero es una pintura exacta de los momentos que se viven bajo la luna de Avellaneda. Es la síntesis de ese grupo de jugadores que dejó fútbol, sudor y lágrimas a lo largo de 25 fechas. Los que se sueltan cuando el empate ante Defensa y Justicia, ese dignísimo escolta, ya es una sentencia. Los que se toman de las manos y arman una ronda propias de su niñez. Los que dan la vuelta olímpica con sus familias. Sí, esa manifestación de pasión que se expresa con la tinta del corazón es todo. Es el beso apasionado de Lisandro a la Copa. Es el «dale campeón» que se replica en cada garganta de este Cilindro cargado de gente y emociones. Es la estrella 18. Es Racing, en su máxima dimensión.

La fiesta empieza después de esos noventa minutos que sólo quedarán en una anécdota del futuro. Entonces, nadie se mueve. Nadie. Ya hubo pasillo en la bienvenida, pero los futbolistas visitantes aplauden, camino al vestuario. Hay reciprocidad desde las tribunas. Sí, aunque parezca un oasis en un medio tan exitista, se reconoce al subcampeón. Pero es el domingo de la Academia. Hay medalla y beso. Y abrazos. Y un trofeo que alza Lisandro, el señor López, goleador, capitán, símbolo y bandera. El que conmueve por su sentimiento de pertenencia, por su compromiso, el que se ganó a los hinchas propios y a los ajenos. El que tiene su bandera flameando en la popular, con el dedo índice en la sien, una marca registrada.

Llueven los papelitos. Y a todos los inunda la emoción. A Gabriel Arias, el arquero de mirada y manos firmes. A Iván Pillud, dos veces campeón. A Sigali y Donatti, dos fieras en el fondo. A Soto, Saravia y Mena. A Marcelo Díaz, uno de los integrantes de la Armada chilena que hace flamear su insignia patria. A Nery Domínguez, el que cruzó la vereda para ser campeón. Al otro Neri. A Solari, el del gol del campeonato. A Cvitanich, Bebecvita, según Cristaldo, el que popularizó la canción de cumbia que derivó en el apodo del ex ídolo de Banfield. Al propio Churry, que trabajó para bajar la panza, como le pidió Coudet, y festejó mostrando los abdominales como si se tratara de Cristiano Ronaldo. A Zaracho, el pibe que nació en el predio Tita y es la joya de las inferiores.

A todos esos jugadores que se van al vestuario y vuelven con las luces apagadas. «Es el club más grande de la historia», grita el Chino Leunis, conductor de la fiesta. Así lo sienten los hinchas. Suena Queen, un clásico, y desde la pantalla gigante se viraliza un video con los días más felices del torneo. Y se vuelve a gritar el gol de Zaracho contra Independiente, el que definió el clásico con aquella memorable corrida de Lisandro.

Están las glorias del 66/67, Rulli, Maschio y el Chango Cárdenas. Están los campeones de la Supercopa 88, representados en Rubén Paz y Gustavo Costas. Está Claudio Úbeda, capitán del equipo que quebró la racha en 2001. Mostaza Merlo acompaña desde un palco. No quiere bajar. Siempre dijo que los protagonistas son los jugadores. Y en ese sentido, ahí está Diego Milito, claro. Campeón en 2001 y 2014 como jugador; también, como secretario deportivo. «Milito hay uno solo», se grita en el Cilindro. Y sí, es único.

Se entrega el anillo del campeón, como en la NBA. A cada uno. Dice Coudet, con el saco de campeón, como aquel que usó José Pizzuti, el que saluda desde una pantalla porque su salud no lo invita a la fiesta. «Disculpen por no hacerlos sufrir hasta la última fecha. Algo está cambiando», dice el Chacho. Y tiene razón. Racing ya le ganó por goleada a la resignación, a la desgracia, a las malas vibras que sacudieron su ser interior durante sus décadas infames. La Academia vive tiempos de ensueño, como hace un siglo, cuando fue heptacampeón. Como cuando ganó el tricampeonato en 1949, 1950 y 1951. Como cuando fue campeón de la Libertadores y del Mundo en 1967.

«Esto es para todos. Disfrútenlo», brama Lisandro. Y explota el Cilindro. Y lo lanzan al aire sus compañeros. No termina la fiesta. Canta el Pepo. «Yo no sé cómo explicar, que te llevo acá en la piel», es el estribillo. «Traigan vino, juega la Acadé, el Rojo se fue a la B», cierra. Y «dale campeón», sigue. Los fuegos artificiales brillan en el Este, en el Oeste, en el Norte y en el Sur. Como Racing, que ya es campeón.

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