Opinión

Análisis Poné los fideos, volvieron todos

Por Gonzalo Abascal
Cristina reniega de la alta exposición de Alberto y empuja un nuevo tributo a “las grandes fortunas”, el Gobierno paga más caro que en el super y Grabois y Pablo Moyano levantan la voz.

Tan lejos como las multitudes veraniegas y los bares llenos de gente parecen haber quedado las fotos de Alberto Fernández acompañado por Rodríguez Larreta y dirigentes de la oposición.

Esa imagen “escandinava”, como bien definió Alejandro Borensztein, envejeció en cuestión de días. Y algo del país «modelo en el mundo” en la lucha contra el coronavirus se perdió junto a la potencia de esa postal de gobernantes y opositores. Podía pasar, y vaya que pasó rápido.

El primer episodio del “nuevo viejo país” mostró a un millón de jubilados desbordando los bancos, amontonados en las calles, arriesgando su salud en un abrupto final de la cuarentena. Lo que hasta ese día parecía un cumplimiento elogiable del aislamiento social se transformó, y no por culpa de quienes necesitaban cobrar, en un espanto que remitió a lo peor de la incapacidad de organizarnos. Fue la primera señal.

El cambio de aire continuó este lunes. Y la idea de que, con el austero mérito de la moderación presidencial, había empezado a construirse un tiempo diferente, se decoloró sin remedio.

La novedad inicial fue tan bizarra que podría leerse en clave de comedia, si no fuera que encierra un pequeño drama.

 El Gobierno informó que gastó más plata en una compra mayorista de aceite y fideos, entre otros productos, que si los hubiera comprado en un supermercado o al valor de los precios cuidados que el propio Gobierno define.

Debió admitirlo el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, que como toda explicación argumentó: “los proveedores se plantaron”. Es decir, para entenderlo bien: dos fabricantes de mediana importancia (no son primeras marcas) torcieron el brazo de un gobierno que debe ganarle a la inflación y hace del control de precios una de sus herramientas favoritas.

Según lo publicado, se pagó $158 por 1,7 millón de botellas de aceite que cuestan $121, y $42 por 500 mil paquetes de fideos que en el chino del barrio tienen un precio de $33. La diferencia da una pérdida aproximada para el Estado de cerca de 68 millones de pesos.

Está claro que se trató de un error no forzado cuyo daño mayor no es económico. Es aún más grave, porque evidencia al menos dos problemas: o el Estado no tiene aptitudes para negociar y malgasta la plata, o la elección del proveedor más caro no fue un error.

A esta segunda alternativa pareció subirse Grabois, con el oportunismo y la agresividad de siempre, reclamando «Un hdp compró fideos al triple de lo que valen. Hay que fusilar, metafóricamente lo digo, al que hizo esto». A esta altura Grabois debería saber que su violencia verbal se convirtió en una peligrosa costumbre que no disimula ninguna metáfora.  

En verdad, su exabrupto debe entenderse como un nuevo intento de buscar un espacio de mayor influencia en el oficialismo.  

Pero no es todo. En las mismas horas desde el kirchnerismo se anunció que se avanzará en la sanción de un nuevo impuesto “a las grandes fortunas”, entre ellos a quienes entraron en el blanqueo de 2017. Máximo Kirchner aparece como el impulsor, pero nadie duda de que Cristina está detrás de la idea, que tiene de todo menos novedad.

En el regreso intelectual de Cristina se asienta la otra noticia. La vicepresidenta evita la exposición pública, pero ha dejado saber tres cosas: que le preocupa lo que pueda pasar en el conurbano, y para eso tiene línea directa con los intendentes, que no le gusta la alta exposición mediática de Alberto Fernández (¿habrá visto las encuestas que favorecen al presidente?) y que en materia recaudatoria sus ideas no son muy diferentes a las que mostrara siendo presidenta.

Para completar el panorama, Pablo Moyano se envalentonó con el saludo de codo del presidente y salió a respaldar el proyecto impositivo de Máximo Kirchner. Luego de las loas, el hijo del “dirigente ejemplar” se olvidó por un rato de las causas judiciales que los reclaman a él y a su padre, y recuperó confianza para levantar el tono. Riesgo que Alberto Fernández debió conocer cuando dijo lo que dijo.

El país “modelo” quedó atrás. Fue lindo mientras duró. Ahora volvieron todos. Por suerte hay fideos suficientes, y de los caros.

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