Opinión

Peronia en elecciones es como el tango: lo mismo un burro que un gran profesor

Por Germán Fermo*

Un país moralmente partido en dos. Me pregunto si una nación con la profunda crisis de moralidad como la que hoy padece la Argentina puede entablar fructíferamente debates en torno a cuestiones económicas y sociales básicas y sumamente urgentes tales como, educación, desarrollo de infraestructura, crecimiento sostenido, estabilidad de precios, por citar algunos.

En un país mínimamente decente consigo mismo, que personajes sospechados se postulen a cargos públicos sería inmediatamente rechazado por la amplia mayoría de la ciudadanía votante. Lo preocupante no es la “postulación de los personajes”, lo que me aniquila como argentino y me genera un sabor ácido y de suma desesperanza en el paladar, es la frustrante sensación de que en este país siempre ganan los malos. Observo desconsolado a una amplia franja de la ciudadanía argentina a la que no sólo le son indiferentes estas conductas, sino que, a la vez, las avala y apoya con su voto. Si no nos ponemos de acuerdo ni siquiera respecto a qué es éticamente aceptable e inaceptable, mucho menos lograremos consensos en políticas sociales y económicas. ¿Puede una nación desarrollarse cuando está moralmente aniquilada?

Cambian los gobiernos, cambian los colores, pero la decisión es siempre la misma: el privado termina pagando toda la fiesta. Comenzó la campaña electoral en el virulento Principado de Peronia, reflejando a una oposición con el puño bien cerrado y a “puro grito gaucho”, como si el tono elevado del discurso sirviese para fortalecer los argumentos vacíos de siempre. Sin embargo, a los argentinos nos encanta comprar relatos fantásticos porque al hacerlo, creamos una efímera realidad virtual de abundancia, que nos permite postergar decisiones que se vienen no tomando desde 1945. Y precisamente, en campaña, comienza una caliente y apasionada etapa de relatos fabulosos y casualmente, quien siempre tiene “la posta de la solución argenta” termina siendo el opositor, en este caso uno muy especial, al que casualmente se lo nota muy preocupado por la crítica realidad que padece el país, sin recordar “convenientemente”, que ha sido esa misma oposición la que nos dejó así de quebrados en primera instancia.

Interiormente, todos sabemos que estas historias de campaña culminarán como siempre, siendo mentira, pero prestamos la oreja para pretender que serán ciertas al menos por un rato y en el proceso, seguimos con nuestro implacable sesgo hacia la no asunción de las responsabilidades que deberíamos afrontar de una vez. La clase política que toleramos es el reflejo de un electorado que no tiene la menor capacidad de aprender de errores pasados y que nunca está dispuesto al sacrificio que se requiere cuando un país presenta un diagnóstico crítico, como hoy exhibe la otrora e hidalga Argentina de Sarmiento y Alberdi. Antes competíamos con Europa, hoy con suerte, le empatamos a África.

Una sociedad comprometida ni siquiera permitiría el comienzo de una obra pública sin tener un claro plan que torne a la misma en un proyecto autofinanciable y socialmente óptimo. El equilibrio general de este país no cierra por ningún lado, al menos por el momento. Sólo disponemos de unos breves cinco años para que cuaje, pero a la luz de lo que se escucha desde el oficialismo y la oposición, parecería que nadie está demasiado preocupado por el hecho de que un lustro pasa muy rápido. Siempre que gastamos de más y nos endeudamos, terminamos mal: ¿por qué esta vez debiera ser distinto? ¿Puede un par de globos amarillos tener tanto poder modificador o será ese el nuevo relato que hoy queremos comprar los argentinos? La obra pública en escala genera también deuda pública en escala, que habrá que repagar en un futuro no tan lejano. Si una familia estuviese quebrada como hoy está nuestro país, ¿triplicaría el tamaño de su vivienda endeudándose al efecto? Probablemente no lo haría. Sin embargo, este ejemplo microeconómico no parecería aplicarse a la Argentina como nación. Mientras haya deuda, habrá obra pública y mientras haya obra pública, la sociedad argentina no demandará cambios estructurales de relevancia y mientras no lo haga, seguiremos siendo el mismo país estancado de siempre. Sería injusto responsabilizar por completo a un gobierno que, si bien carece de audacia, enfrenta la más formidable de todas las restricciones posibles: el mayoritario autismo de la sociedad argentina, una que prefiere pagar más por una pizza que por la factura de un servicio público. El resultado electoral entonces será el de siempre, por una sencilla y recurrente razón: los 43 millones de almas que pululan en este terruño del Río de la Plata simplemente prefieren no cambiar. En el fondo, todos somos populistas, algunos con globos y otros sin ellos.

Si hay obra pública a escala, será entonces que faltan ideas a escala. El oficialismo es la opción menos populista que actualmente disponemos, lo cual en sí mismo representa más un drama que una buena noticia. Pero me preocupa que ahora quienes votaron al gobierno acepten cualquier delirio sólo por ser no-peronista. Escucho mucho discurso hacia un épico proyecto de obra pública y a mucho argentino que acepta dicho plan como nuestra salida de la penuria actual. Pero dado lo pobre que dejaron a este bendito país, la escasez se convierte en un concepto indispensable a tener en cuenta a la hora de ejecutar proyectos públicos a escala, en especial si son con endeudamiento. Y en ese contexto, me pregunto entonces: ¿son las obras públicas actuales las mejores que se podrían hacer en un país con tanta necesidad de infraestructura básica? Nos han dejado muy pobres, con déficit de escuelas y hospitales, pregunto entonces: ¿el corrimiento de la Autopista Illia será el mejor proyecto posible dada la tremenda escasez de recursos que enfrentamos los argentinos? Dentro de mi ignorancia, me permito hacer estas preguntas básicas porque veo a mucho ciudadano que acepta otra vez más otro relato mágico potencialmente peligroso: “hacer obra pública siempre está muy bien”. Esta afirmación keynesiana que vengo escuchando en forma cada vez más frecuente y, por lo tanto, preocupante, me obliga a decir que pensar la obra pública de esta manera es incorrecto.

¿Cuál es la TIR social de cada obra pública? La obra pública debería al menos cumplir con dos condiciones: 1) que sea socialmente óptima, ejecutando aquellos proyectos que dominan al resto en tasa social de retorno, 2) que sea autofinanciable. Me preocupa que el objetivo principal de esta “Pirámide de Keops en versión criolla” sea generar un shock transitorio de empleo keynesiano sin preguntarnos la optimalidad detrás de la misma y, mucho menos, su posibilidad de repago a futuro. Tenemos a una sociedad que se sentó cómodamente en un déficit que ya era groseramente elevado y lo hizo aún más grande. Me preocupa imaginarnos achanchados bajo una obra pública que esconda una abrumadora falta de imaginación. Hoy los argentinos quieren comprar este relato para eludir lo que verdaderamente deberíamos estar haciendo: suma austeridad para recuperarnos del despilfarro del pasado y un esfuerzo de toda la ciudadanía en comenzar a transitar un sendero de reestructuración económica del país. Así como estamos somos tan inviables que no podremos crecer en forma sostenida: setenta años de evidencia empírica avalan esta afirmación. Dado el estado crítico de nuestra economía, la dirección del cambio no es el único aspecto a considerar, también importa la velocidad de ejecución. A este ritmo, corremos el riesgo de terminar estrangulados mucho antes de que podamos ejercitar reformas en serio.

Condenados al éxito. Por lo que ya se escucha en la campaña, vemos a un oficialismo que enfatiza la obra pública como el gran puente hacia el crecimiento, ante la ausencia de cambios estructurales de sustancia, y a los personajes reciclados de la oposición acudiendo a la supremacía interventora del Estado. Más Estado, más gasto y más déficit, parecería ser un catalizador común de todo el frente político, opositor y oficialista. Como vemos, en esta parodia política que se viene, nuevamente discerniremos sobre qué clase de populismo queremos tener, pero nadie quiere atreverse a girar la discusión hacia los temas que hacen grande a una nación. ¿De quién es la culpa entonces? La culpa nunca es de los personajes públicos, uno debería saber que de ellos no se puede esperar nada, por eso son lo que son, de lo contrario, se dedicarían a una actividad socialmente prolífica. El cambio debería estar en los argentinos, quienes hoy defienden la obra pública como excusa hacia la no-corrección y a los que mañana les incomodará devolver la deuda con la que hoy la construimos. En economía no hay magia, todo alguna vez se termina pagando. La obra pública en escala generará también endeudamiento masivo, ante una sociedad que después de la salida del cepo y el default no permitió ninguna reforma estructural relevante y ante un gobierno que cada día se siente más cómodo con su relato de “no poder hacer”.

 

 

(*) Germán Fermo. Ph.D. in Economics, UCLA, Máster en Economía CEMA. Es director de MacroFinance y director de la Maestría en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella.

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