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Virginia Arias“Otros hijos de sacerdotes se comunicaron con Agustina y le dijeron que admiran su valentía”

Virginia Arias, mamá de Agustina Gamboa

Hace casi una semana que madre e hija se “aliviaron” al compartir la historia que callaron durante 18 años. Una historia oculta que, tras una denuncia pública, obligó a la Iglesia a pedir perdón mediante un comunicado oficial.

Agustina Gamboa pudo ponerle cara a su padre a los 6 años, a través de una foto. A los 7 pudo conocerlo, pero escondida, en una estación de servicio, alejada de toda mirada. 

Vivió un ocultamiento que la hizo culpar a todos, incluso a ella misma. “Se preguntaba qué había de malo con ella”, dice su mamá Virginia. Se deprimió y se enojó, pero nunca se acostumbró. El feminismo, con sus demandas de igualdad de derechos, la despertó y le sirvió como trinchera.

El domingo pasado decidió decirle a todo el mundo quién era su papá, un hombre al que muchos ya llamaban padre: el sacerdote Carlos Gamboa.

Virginia, la mamá de Agustina, fue afrontando los desafíos de a uno. Primero vino el escarnio público por llevar adelante un embarazo silencioso sin decir quién era el padre. Le hizo frente a los juicios sociales. Luego enfrentó el desempleo: se quedó sin trabajo con una bebé y sus otros tres hijos.

Cuando se recuperó fue por lo que le correspondía a Agustina: su identidad. El desafío más grande ya lo cumplió: que su hija acepte el desamor de su padre.

¿Estás satisfecha con la denuncia pública que hizo tu hija?

Verla con una sensación de alivio me hace muy feliz. Tenía miedo de una repercusión negativa, pero recibimos mucha adhesión. Creo que se resquebrajó algo. Creo que empieza a aparecer la verdad de estas instituciones, que se sienten paladines del amor, la justicia y la ética y no lo son. 

Nosotros no estamos en contra de la religión o en una “moda anti-Iglesia”, como dijo Gamboa en la televisión. Estamos a favor de la verdad y el amor. 

Algunos chicos que están en situaciones similares se han comunicado con Agustina. Son hijos de sacerdotes. Le dijeron que admiraban su valentía y que ellos estaban en una situación similar. 

¿Cómo se dio el proceso de la carta? ¿Fue iniciativa de Agustina?

Ella hace años quería hacerla. Desde los 14, cuándo pusimos un abogado para que su papá cumpla con la cuota alimentaria y además le pedíamos que tuviera vínculo con su hija. Pero él se negó. Ahí ella se enfureció con todos, hasta conmigo. 

Luego empezó a madurar la idea, a partir de toda esta lucha feminista por los derechos de la mujer y por el derecho a elegir. Luego de la vigilia, cuando fue el debate por el aborto en la Cámara de Diputados, volvió muerta de cansancio y me dijo que no podía seguir siendo cómplice.

“Cuando la Iglesia habla que hay que cuidar las dos vidas, son hipócritas, nadie más que vos me cuidó”, me dijo. Ahí comenzó a escribirla y lo que terminó de darle forma a la carta fue verlo a Carlos en un programa de televisión hablando de apoyar a las embarazadas. 

¿En algún momento Carlos Gamboa quiso acercarse?

Él no quiso hacerse cargo nunca. Cuando se enteró, dijo “¿Qué querés que haga?”, no “¿Qué hacemos?”. Ahí me di cuenta de que tenía que seguir sola. Lo volví a ver con ocho meses de embarazo, pero porque tenía que verme porque la empresa donde trabajaba había colaborado con unas pinturas para la curia.

Tan livianamente dice que hay que acompañar a la mujer que está en la disyuntiva de tener o no un hijo. Él nunca lo hizo conmigo. 

¿Intentó acercamiento en el nacimiento de Agustina?

Cuando nació Agustina apareció en la clínica, dijo que era parecida a su papá y no apareció más.

Cuando volví de mi licencia por maternidad ya no tenía trabajo. Así que me quedé con una bebé de pecho y sin trabajo. Pasamos momentos económicos muy duros. El hecho de tener hijos te empuja a hacer hasta lo que uno no puede. Cuando me recompuse emocional y económicamente comencé a reclamar el apellido de mi hija. 

¿Llevaste a la Justicia al sacerdote? 

Él nunca se sometió a la Justicia, como dijo Dante Bernacki (vicario de la Arquidiócesis de Salta), le tiene terror por la exposición. Sabía cómo venían las cosas, así que acudí a una abogada y logré que vaya a reconocerla al Registro Civil de Salta cuando ella tenía dos años. Todo iba a través de convenios extrajudiciales, mediante escribano. Iba porque sabía que le iba a hacer juicio. A mí me interesaba que ella supiera su apellido. A la cuota alimentaria la arreglamos después. 

¿Cumplió con el acuerdo?

Depositaba cuando quería, me llegó a decir que se olvidó… ¿Quién se olvida de un hijo? Luego de llamadas sin nunca contestar fui a un abogado en Salta y de pronto aparece un abogado de ellos, que tenía fuertes vínculos con la curia. No solo pedimos la cuota alimentaria, sino el vínculo, pero la negativa fue inmediata. Ella necesitaba conocerlo, le ocupaba el 90% de su vida. Se enojó hasta conmigo y comenzó a decir que quería que se conociera su historia. 

¿Cómo conoció Agustina a su papá? 

Lo conoció recién cuando ella tenía 7 años. A los 6 le mostré una foto. Me preguntaba por qué no podía verlo y yo le decía que por su trabajo. Me preguntaba: “¿Pero de qué trabaja?, si vos también trabajás y te veo”. Tuvimos que explicarle que era un sacerdote y qué era un sacerdote. Ella no se crió en un ambiente religioso. 

Cuando lograba comunicarme con él para contarle, me ponía condiciones muy duras. En julio o las vacaciones de verano intentábamos tener vínculo. La primera vez que lo vio fue en unas vacaciones de invierno, en una estación de servicio. Para ella no tenía ningún sentido, no podía entender qué limitaba al padre para verla. No tiene idea de todas estas cuestiones vinculadas con la Iglesia, creo que aún ahora tampoco. Ella naturaliza otras cosas, como las relaciones afectivas, los derechos, las obligaciones. Pero no naturaliza estas imposiciones religiosas que no tienen nada que ver con el afecto.

¿Intentaron acercarse a otros familiares?

A los 15, través de Facebook, comenzó a hacer una triangulación entre los Gamboa que tenían en sus contactos a Víctor (el hermano) y Carlos. Así se comunicó con una prima. Se presentó como: ”Agustina Gamboa, hija de Carlos“. Eso provocó la furia de él, que me llamó diciéndome que “la controle”. Le dije que de ninguna manera, porque ella tenía derecho de completar su historia. 

Se ofreció a “propiciar un encuentro” para hacerlo “más ordenadamente”, cómo decía él. Con la propuesta nos fuimos a Salta y había desaparecido, fuimos al barrio Santa Ana y a la Catedral. Nos decían que estaba de vacaciones. Ahí nos comunicamos con Víctor, que nos dijo que no quería estar en el medio, que si seguíamos insistiendo iba a tomar algunas medidas. Ahí apareció Carlos y Agustina pudo conocer a sus primos, en el momento previo a que nos volviéramos a Buenos Aires. 

Ella seguía insistiendo con la denuncia pública. Nos oponíamos, iba a ser para que la maltraten y se burlen de ella. Iba a sacar todo el morbo de la sociedad. Tuvimos hasta miedo de que cometa alguna locura, porque la vimos muy depresiva. Le preguntamos y dijo que ella quería saber por qué ese destrato. Armamos un viaje de un día para el otro. Lo encaramos cuando llegaba a la iglesia y ella pudo enfrentarse con su papá y entender que su papá no la iba a querer nunca. Los vecinos pueden dar cuenta de eso por que él no dio misa ese día. La atendió detrás de la iglesia, bajo la lluvia, ni siquiera la llevó a un lugar dónde se pudiera sentar tranquila a hablar con él. 

El desamor es horrible, pero al menos dejó de esperar y humillarse, investigando y pidiendo amor. Siguió adelante como pudo.

¿Qué fue lo más difícil de afrontar? ¿Te sentiste juzgada? 

El abandonarme en el momento del embarazo ya fue violento. Fue violento también tener que pedir que me respeten el silencio. Porque en ningún momento dije quién era el padre. Guardé silencio pero más para resguardarme a mí y a mi hija, que por resguardarlo a él. Yo tenía la certeza de que la única persona que tenía que saber quién era su padre era Agustina. La gente se me acercaba a preguntar quién era el padre, porque yo ya tenía 3 hijos. Eso también fue violento. Los planteos éticos ante una decisión que es estrictamente individual. Durante todo mi embarazo hubo una asedio medio morboso por saber quién era el padre de la criatura y hasta se elucubraban posibles paternidades. Además, cuando te preguntan en las clínicas y decís que no tiene padre, como que uno siente el prejuicio en la forma en que te preguntan y los gestos.

La soledad fue una de las cosas más difíciles. No solamente durante el embarazo, sino también durante el parto. Eso fue muy duro para mí. Cuando hablo de soledad hablo de quién debería haber estado acompañando ese proceso, que es la otra persona responsable. Mis hijos mayores, de 15 y 14 años, acompañaron y sostuvieron todo esto. Y ellos tampoco sabían y respetaron mi silencio. Mi hija mayor llamó al médico cuando iba a parir. La soledad de sentirte desamparada no te la saca nadie.

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