Cultura

No soy Lucrecia Martel

No soy Lucrecia Martel

La directora María Álvarez relata lo difícil que es hacer una película para una mujer y acompaña con una divertida anécdota.

Por fin terminé un documental que estuve haciendo durante más de dos años. Sólo los que hacen películas, y los que están cerca de ellos, saben el trabajo y el compromiso que implica hacer una. Es una tarea titánica, una carrera de fondo. La película hay que desearla mucho, sostenerla y defenderla adentro de uno durante años, contra viento y marea. Informo La Nacion
Cuando tuve la idea de este proyecto convoqué a una productora conocida, amiga de amigos, que me parecía la persona indicada. Nos mandamos varios mails de intercambio de ideas hasta que finalmente nos juntamos en mi casa para formalizar un poco la cosa. Esa reunión, lejos de ser la asociación exitosa y cariñosa que yo esperaba, fue la peor reunión que tuve en mi vida.
Nos sentamos las dos en la mesa, hice café y había algunas cosas para comer. Dos mujeres, muy cinéfilas las dos, hablando de hacer un documental sobre señoras jubiladas que van al cine todos los días. Parecía que nada podía salir mal y así empezamos, tratando de entendernos. Le conté la idea que, a pesar de que le gustaba mucho, empezó a cuestionar con la excusa de representar al “abogado del diablo”.
Me esforcé por explicar motivaciones que ni yo misma entendía, intentando justificar mis ideas. Parecía que, aunque ni siquiera habíamos empezado a trabajar, yo ya le debía algo. Le debía coherencia, le debía saber los porqués, los cuándo, dóndes y cómos. Le debía lucidez, claridad, certezas. Ella, recostada sobre la silla, me miraba con el mentón elevado, asentía con la cabeza y se reía con los ojos.
Así habremos estado durante casi dos horas. Una acusada declarando frente a una jueza implacable. Cuando me cansé y me quedé callada fue su turno. Ahí se acodó sobre la mesa, base sólida para su veredicto. Después de palmear al diablo en la espalda, me miró fijo, todavía con la sonrisa irónica instalada en la cara y me informó: “¿Pero vos te creés que es fácil? Vos no sos Lucrecia Martel”.
Lo dijo como revelando un secreto que yo no sabía. “No soy Lucrecia Martel”, pensé. No soy esa directora que admiro, que logró hacer varias películas, todas buenas. La productora siguió hablando mientras yo pensaba en Lucrecia Martel, en el referente en que se había convertido. Lucrecia Martel, que con su primera película, “La ciénaga”, nos partió la cabeza a todos. Lucrecia Martel, sinónimo del mejor cine de autor argentino. Lucrecia Martel, sinónimo de directora que logra que sus películas se hagan.
La despedí con una sonrisa, más impostada que la suya, y la productora se fue de mi casa dejando atrás uno de esos vacíos que abrazan. Fui directo a la computadora y le mandé un mail agradeciéndole mucho por el encuentro pero aclarándole que lo nuestro no iba a funcionar porque creía que no éramos compatibles. Ella respondió cordial y ahí quedó todo, en el olvido, menos esa frase: “vos no sos Lucrecia Martel”.
Esa frase me acompañó y me guió durante todo el trabajo que hice en “Cinéphilas”. Esa frase fue motor, la puerta abierta que condujo a la pequeña luz al final de un túnel oscuro. “Vos no sos Lucrecia Martel”, pero Lucrecia Martel camina al lado tuyo, y de otras. Caminamos juntas esa ruta de amor que es hacer cine. Unas van adelante, Lucrecia Martel es una de ellas. Otras vamos atrás, algunas corren y van muy rápido, las admiro.
¿A quién hubiese nombrado si yo hubiese sido un hombre? “Vos no sos Leonardo Favio”, “Vos no sos Campanella”, “Vos no sos Sorín, Taratuto, Mitre”. ¿A quién hubiese nombrado? La verdad es que no sé, hay muchos directores hombres que me podría haber nombrado. Hacer una película es una tarea muy difícil pero hacer una película siendo mujer es mucho más. Así que mujeres, apoyemos a las mujeres que quieren hacer cine, que las piedras en el camino sobran.

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