Opinión

Análisis Lo que nos separa

Por Antonio Caño

De la lucha de todos contra todos solo salen beneficiados los demagogos, mientras que nadie parece interesado en conducir sus aspiraciones a través de las instituciones democráticas, que pierden utilidad y sentido

A cualquier lado al que miremos, casi sin excepción, vemos un similar escenario de odio, enfrentamiento, extremismo, polarización, brutal lucha partidista. Los radicales se imponen sobre los moderados, el centro pierde espacio, el pacto y la negociación dejan de ser una opción apreciada por la sociedad, que premia a los que prometen destruir al adversario político sin miramientos.

En algunos lugares, esto ha dado lugar a desastres muy conocidos, desde el Brexit a Bolsonaro, desde Hungría a Filipinas, desde Trump a Salvini. Los más abyectos se permiten el lujo de actuar casi a cara descubierta, convencidos de que el orden internacional que los contenía ha desaparecido, como en el caso del asesinato del periodista Khashoggi o la detención del presidente de Interpol. La irrelevancia de las instituciones globales y de los Estados que las sostienen hacen la vida fácil a tiranos como Ortega y Maduro, camuflados en el conflicto ideológico, que es lo único que parece contar.

Incluso en los países en los que se ha podido aún contener los brotes más radicales, los antiguos consensos saltan por los aires, las alternancias de centroizquierda y centroderecha que garantizaron la estabilidad y el progreso durante más de medio siglo se desvanecen. Con ellas desaparecen también las posibilidades de emprender reformas que beneficien a la mayoría de los ciudadanos. Los partidos tradicionales se debilitan o se hacen irreconocibles en sus actuales líderes y decisiones. Los movimientos reivindicativos, incluso los más justificados y necesarios, se radicalizan y se hacen tribales, en un escenario de todos contra todos del que solo salen beneficiados los más demagogos, que suelen ser también los más irresponsables e incompetentes. Nadie parece interesado en conducir sus aspiraciones y quejas a través de las instituciones democráticas, que pierden utilidad y sentido. Revolución vuelve a ser el grito de moda que antecede al adjetivo que cada grupo quiera añadir.

Los que no forman parte de ninguna revolución en marcha se quedan sin espacio, también sin voz. La imparcialidad está mal considerada. Los medios de comunicación, incapaces de dar respuesta al desconcierto informativo provocado por la tecnología, se hacen más partidistas en busca de nichos afectos. Cada vez menos gente muestra interés en conocer lo que piensa el del otro lado.

Los pactos que en otros tiempos permitieron reformas profundas y avances sociales gigantescos en muchos países hoy se antojan imposibles. También en EE UU, donde el periodista y escritor Thomas Friedman ha llegado a advertir del riesgo de una guerra civil y ha comparado la situación de su país con la del Líbano, donde él empezó su carrera a finales de los años setenta.

Tal vez solo sea una más de esas simplezas que se escriben en las camisetas, pero confieso que me inquietó extraordinariamente encontrarme con una en la que se podía leer: “Prefiero ser ruso que demócrata”, en alusión a las sospechas sobre el posible apoyo electoral ruso a Trump y su partido rival. Es evidente que el actual presidente, que hace poco elogiaba entre risas a un candidato de su partido por haber tumbado a un periodista con una llave de lucha libre, estimula el primitivismo de sus seguidores. Pero un fenómeno de tal magnitud y gravedad no puede deberse exclusivamente a Trump ni haberse producido en solo dos años.

Hay decenas de libros y artículos publicados en los últimos meses que intentan explicar qué está pasando en EE UU y en el mundo y sus posibles consecuencias. Marc Hetherington y Jonathan Weiler, dos profesores de ciencia política, han llegado a analizar las razones psicológicas, incluso biológicas, que conducen a la polarización política, y resulta sorprendente comprobar hasta qué punto opciones políticas que creemos haber tomado libremente pueden ser solo fruto de los prejuicios y los condicionamientos culturales. Su libro se titula Prius or PickUp? y alude a dos tipos de vehículos que determinan casi con precisión la tendencia política de sus dueños. El Prius, un coche híbrido de Toyota, se convirtió hace algunos años en un símbolo del esfuerzo por proteger el medio ambiente y está estrechamente unido a un modelo de vida urbano, joven y, digamos, progresista. El pickup, la camioneta, se usa principalmente en las zonas rurales y en actividades como la caza y la pesca, lo que lo vincula al prototipo conservador.

Los autores del libro tratan de establecer que lo que hace nuestras diferencias hoy más irreconciliables es que lo que nos separa no son solo las opciones políticas sino los modos de vida, las visiones del mundo. Antes, un demócrata y un republicano podían votar distinto pero compartían hábitos, costumbres, lugares y, desde luego, un propósito para su país. Hoy no es así, hoy se observa al que piensa diferente como un enemigo de nuestro modelo de vida ante el que tenemos que defendernos y al que, si es necesario, hay que destruir. “La gente de ambos lados de la escena política ha empezado a ver a sus oponentes como una amenaza colectiva”, afirman. Es una guerra cultural que, probablemente, se ha ido fraguando durante años.

Trump no surge de forma tan sorprendente como a veces pensamos. La radicalización del Partido Republicano y su deriva antisistema se remonta a comienzos de los noventa, con Pat Buchanan e inmediatamente después con Newt Gingrich y más tarde, ya en este siglo, con el Tea Party. El Partido Demócrata no ha sufrido un proceso de radicalización comparable al de la derecha, pero el auge de las políticas de identidad lo han ido convirtiendo en una especie de puzle de intereses, muchas veces legítimos pero muchas veces contradictorios. Los aparatos de ambos partidos hace tiempo que empezaron a perder el control y a ceder el poder a sus respectivos extremos.

La presencia de Trump sobre el tablero descompensa todo el juego tradicional de la derecha y la izquierda

Es indudable que la presencia de Trump sobre el tablero descompensa todo el juego tradicional de la derecha y la izquierda. “Resistir a Trump se ha convertido en un punto central de rectitud moral y verdadero patriotismo”, independientemente de la opción política que uno tenga, como afirma el columnista Charles Blow. Con su rendición ante el presidente, el Partido Republicano carga, por tanto, con la mayor parte de la culpa por la polarización actual. Pero también se produce presión desde la izquierda.

Una organización internacional llamada More in Common, fundada en 2017 para combatir el problema de la división social en Europa y EE UU, acaba de presentar un informe sobre este país en el que se recoge que entre un 51% y un 66% de los norteamericanos no se sienten libres para expresar sus opiniones, especialmente sobre asuntos como la raza, el islam, la inmigración y los problemas de género. Los grupos que con más fuerza argumentan a favor y en contra de esos asuntos son, en la derecha, los que se reconocen como Conservadores Devotos, y en la izquierda, los llamados Activistas Progresistas. Entre ambos no llegan al 15% de la población, pero monopolizan el debate.

Nadie sabe qué puede salir de todo esto. Es justo reconocer que la crisis del sistema que ha dominado el mundo el último medio siglo, además de provocar incertidumbre, ha liberado al mismo tiempo energías positivas que permanecían atrapadas por los convencionalismos y las castas. Es absurdo pensar que las cosas no han llevado el rumbo que deberían haber llevado. Pero sí es conveniente anticiparse a los riesgos que, cada cual en su entorno y con sus propias circunstancias, sea capaz de detectar. Estados Unidos, en tiempos de Trump, se está preguntando abiertamente si la próxima generación disfrutará de la misma democracia que ha conocido hasta ahora. Puede ser una pregunta oportuna en otras muchas latitudes.

Fuente: El País de España

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