Opinión

Análisis Las relaciones carnales entre Vladimir Putin y la Argentina

Por Fernando Laborda

Es esperable que, frente al incumplimiento de un contrato para la provisión de un insumo tan vital en estos días como una vacuna contra el Covid-19 por parte de un proveedor, el gobierno argentino exponga un firme reclamo. Tal como lo describió ayer la ministra de Salud, Carla Vizzotti, resultarían habituales “estas negociaciones, pedidos o presiones, entre comillas”. Lo verdaderamente sorprendente ha sido el sincericidio de la asesora presidencial Cecilia Nicolini en la carta enviada a un directivo del Fondo Ruso de Inversión Directa, suplicando por vacunas rusas. Es que esa polémica misiva dejó al desnudo algunas cuestiones que Alberto Fernández siempre había tratado de desmentir. Entre ellas, las preferencias oficiales por privilegiar a los rusos por sobre otros posibles proveedores de vacunas, la resistencia inicial a negociar con laboratorios estadounidenses y las debilidades de los acuerdos por la Sputnik V.

El controvertido contenido de la carta de Cecilia Nicolini, revelada ayer en una nota de Carlos Pagni en LA NACION, provocó no poca conmoción en el ámbito político y le sirvió a la principal fuerza opositora para denunciar que se han privilegiado la ideología y la geopolítica a la hora de salvar vidas, como puntualizó el diputado radical Mario Negri.

Entre ruegos y advertencias, la misiva dirigida por la funcionaria argentina al directivo ruso Anatoly Braverman el 7 de julio da cuenta de que el convenio con Rusia para la adquisición de vacunas no anda nada bien y que la Argentina se halla ante una “situación muy crítica” por la falta de provisión del segundo componente de la Sputnik V. Nunca antes representantes del gobierno nacional exhibieron, al menos públicamente, tanta preocupación por una cuestión que sí viene inquietando a una amplia porción de la población que aguarda ser vacunada.

De acuerdo con las cifras oficiales, unos 9,3 millones de argentinos recibieron al menos una dosis de la Sputnik V. Pero, de ellos, solo algo menos de 2,5 millones fueron vacunados con las dos dosis. De este modo, alrededor de 6,8 millones de personas esperan el segundo componente de la vacuna, de las cuales a más de un millón ya se les habría vencido el plazo máximo de 84 días que se estableció originalmente para recibir la segunda dosis luego de la primera inoculación.

Uno de los aspectos más llamativos de la carta es la ferviente vocación militante a favor de la vacuna rusa con que autodescribe al gobierno de Alberto Fernández. “Respondimos siempre haciendo todo lo posible para que Sputnik V sea el mayor éxito, pero ustedes nos están dejando con muy pocas opciones para continuar peleando por ustedes y por este proyecto!”, escribió Cecilia Nicolini.

Cualquiera conoce el significado y las implicancias que tiene la palabra “proyecto” para un dirigente peronista. El mensaje trasluce que la salud de los argentinos ha quedado supeditada a un “proyecto”, más ligado a cuestiones geopolíticas o a intereses comerciales que a un plan sanitario serio para el país.

Las relaciones carnales con el gobierno de Vladimir Putin y el riesgo de que se corten también se advierten si se profundiza en la lectura de la carta. Cuando la asesora presidencial menciona el avance de las negociaciones con laboratorios estadounidenses para la provisión de vacunas, de alguna manera se deja trascender cierta desazón por tener que haber recurrido a algo no contemplado en un principio.

Para la diputada radical Claudia Najul, la misiva refleja “una sumisión disfrazada de amenaza”, en tanto que su par Jorge Enríquez, del Pro, sostuvo que “mientras hablan de soberanía, cuidan los intereses del régimen autocrático de Putin y de empresarios amigos”.

Con otras palabras, Cecilia Nicolini les está diciendo a las autoridades del Fondo Ruso de Inversión Directa que, como consecuencia de sus demoras, la Argentina tuvo que ceder a los caprichos de los laboratorios norteamericanos. Aunque, en rigor, a los únicos caprichos que ha quedado atada la población argentina es a los de Rusia y a los del propio gobierno de Alberto Fernández, que imaginó que los rusos iban a poder cumplir con sus compromisos de provisión de vacunas, cuando buena parte de la población de ese país aún no está vacunada.

Efectivamente, de acuerdo con las estadísticas de Our World in Data, apenas el 22,95% de la población rusa ha recibido alguna dosis contra el Covid-19. El 14,9% de los habitantes recibió las dos dosis. Números suficientemente bajos como para pensar que Rusia podría abastecer rápidamente al resto del mundo con sus Sputnik V.

Esas relaciones carnales quedaron evidenciadas cuando, durante el acto del 24 de marzo último en Las Flores, la vicepresidenta Cristina Kirchner afirmó: “Quién diría que las únicas vacunas con las que contamos son de Rusia y de China”. Posteriormente, el 3 de junio, Alberto Fernández dialogó con Putin y, tras enfatizar que “los amigos se conocen en los tiempos difíciles”, agradeció a Rusia “por darnos las vacunas que el mundo nos negaba”.

Claro que no fue “el mundo” quien le negó vacunas a la Argentina. Fue la propia negligencia del gobierno argentino y su resistencia a llegar rápidamente a un acuerdo con laboratorios norteamericanos lo que impidió su llegada.

Otro de los más gráficos ejemplos de las relaciones carnales entre la coalición gobernante y Rusia lo dio tiempo atrás Alberto Fernández, cuando reprodujo en la red social Twitter una polémica caricatura que mostraba a Putin vacunando a un gorila con la asistencia del propio mandatario argentino. No solo fue una provocación a eventuales adversarios políticos, sino también una sobreactuación presidencial para mostrar su acercamiento al gobierno ruso.

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