Opinión

AnálisisLa isla de los pingüinos

Por Carlos Saravia Day

                                                                                                                                    Esta columna forma parte del libro del autor “Notas desparejas”. Ante la notable vigencia del contenido publicamos su contenido.c

Obra satírica de Anatole France, el celebrado escritor, francés, donde hace derroche de gracias, y analiza el nacimiento y evolución de un país imaginario, que puede ser Alca, como parecen indicar otras transparentes alusiones de otra nación cualquiera.

En la primera parte titulada “Los orígenes”, el santo abad Mael es arrastrado por una tempestad a un país habitado por pingüinos y el santo, con los ojos cegados por la reverberación, tomó por hombres a los pingüinos y los bautizó.

El bautismo, les dijo, es renacimiento, regeneración, iluminación. Así habló el anciano profeta y los pingüinos le respondieron con sonidos de sus gargantas y su voz era dulce porque estaban en la estación del amor. Dice Anatole France “No pienso considerar aquí a los pingüinos antes de su metamorfosis. Sólo son de mi incumbencia desde el momento que salen de la zoología para entrar en la historia”.

Llamamos pingüino a un ave de las regiones árticas que pertenece a la familia de los alcidios, y llamamos manco al tipo de los esfeniscidios, que habitan los mares antárticos. Y asi lo hace el señor Lecointe en su relato del viaje a bordo del buque “Bélgica”, cuando dice “Entre todas las aves que pueblan el estrecho Gerlache los mancos son, desde luego, los más interesantes. A veces se les designa, aunque impropiamente, con el nombre de pingüinos del sur”. El doctor Charcot, por el contrario, afirma que “Los auténticos y únicos pingüinos son estas aves del antártico llamadas mancos y dice, para apoyar su afirmación, que fueron los holandeses en 1.598 cuando llegaron al Cabo de Magallanes, quienes dieron el nombre de pingüino, sin duda por la mucha grasa que tenían”. Pues bien, habrá que consentir que sus mancos se conviertan en sus pingüinos. Puesto que él los descubrió tiene perfecto derecho de darle un nombre. Pero que, al menos permitan a los pingüinos septentrionales seguir siendo pingüinos y así habrá pingüino de sur y pingüino del norte, ártico y antártico; los alcidios o antiguos pingüinos y los esfeniscidios o antiguos mancos. Tal vez eso causa alguna molestia a los ornitólogos cuando tengan que describir y clasificar los palmípedos; se preguntarán si conviene el mismo nombre a dos familias que viven en polos opuestos y que se diferencian en varias cosas. Por lo que a mí respecta me acomodo en esa confusión sin la menor dificultad. Aunque entre mis pingüinos y los del señor Charcot hay alguna diferencia, son mayores y más numerosas las semejanzas. Tano los unos como los otros tienen un aire grave y plácido, una dignidad cómica, una confiada familiaridad, y unas maneras a la vez torpes y solemnes. Unos y otros son pacíficos, muy aficionado a los discursos, gustan de los espectáculos, se insertan en los negocios públicos y son, quizás un poco celosos de las jerarquías.

Los pingüinos hicieron la guerra a todos los pueblos del mundo, luego se hastiaron  y mostraron una preferencia muy viva por la paz; sus generales se acomodaron muy bien a la nueva situación; todo su ejército, oficiales, suboficiales, soldados, reclutas y veteranos encontraron placer en conformarse en ello.

Saliendo de la sátira de Anatole France y volviendo al género superior de la tragedia, en un comentario sobre los personajes de Shakespeare tan contrapuestos como Hamlet el juvenil Fortinbras, “Este reaparece al final del drama precedido por los clarines de la victoria. Llega en el momento en que la dinastía de Dinamarca acaba de sucumbir toda entera. Shakespeare, no podía dar a su drama un resultado más enérgico que este espectáculo de la acción” (Saint Víctor).

El gran pingüino, ya sin Hamlet y el fantasma de su padre, terminó su insomnio de rivalidades.

De ahora en más, concluido el desvelo de su falta de legitimidad, hoy se transforma en vigilia que acarrea la inflación y la ausencia de inversiones.

El general Perón, estando en el exilio, en una oportunidad fue reporteado sobre la geografía electoral argentina, y en su respuesta de mayor a menor inventarió al radicalismo, a los socialistas, conservadores y comunistas; y cuando el periodista le preguntó por el peronismo contestó: Peronistas somos todos.

Pronto, todos los peronistas dejarán de ser pingüinos.

 

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