Opinión

AnálisisLa duda que inquieta al mundo: ¿y si todavía falta lo peor?

Por Joaquín Morales Solá

El flagelo de la pandemia azota con más ferocidad al mundo. Nada mejoró, todo empeoró. 2021 es solo una triste continuidad de 2020. España registró 233.000 infectados en los últimos siete días. El Consejo de Ministros (el gabinete nacional, en clave argentina) decidirá hoy si extiende el toque de queda en ese país para que comience a las 20. En solo un día Gran Bretaña tuvo 1610 muertos, después de otros días en los que las víctimas fatales rondaron los 1400. Londres está sometida al confinamiento más estricto. Francia aplicó un toque de queda desde las 18 hasta las 6; es decir, durante la mitad del día la sociedad debe recluirse en sus casas. Francia registró 20.000 casos nuevos el lunes pasado. Italia, que tiene menos contagios (entre 10.000 y 12.000 por día), está sometida al toque de queda desde las 22. En Estados Unidos hay regiones, como California, que no cesaron nunca de padecer un enorme número de contagios diarios. China tiene nuevos brotes, tan intensos que ya puso en duda sus pronósticos sobre el crecimiento de su economía.

Dos líderes importantes del mundo occidental, Joe Biden y Angela Merkel, habían hecho en los últimos días los peores vaticinios sobre la evolución de la pandemia. «Los días más oscuros de la batalla contra la pandemia están delante nuestro, no detrás», dijo Biden, quien hoy se convertirá en el nuevo presidente de los Estados Unidos. «Lo peor está por venir», agregó Merkel hace solo diez días, breve y clara, como es su estilo.

Son líderes que saben que su principal compromiso con la sociedad es decirle la verdad, por más ingrata que esta sea. En el hemisferio Norte, comenzaron las vacunaciones con los inmunizantes de los laboratorios más prestigiosos, pero la gestión es lenta e inconstante. La oferta de vacunas es ínfima frente a la ansiosa densidad de la demanda. Por primera vez en la historia de la humanidad, se están inoculando vacunas solo uno año después de que comenzara una pandemia. Las investigaciones anteriores de las vacunas llevaron entre cuatro y seis años. Hay avances y retrocesos en las vacunaciones, y también hay noticias que provocan desconcierto e incertidumbre. Nunca se sabe si se trata de estrategias comerciales de los laboratorios para desacreditar a sus competidores o si son noticias relacionadas con traspiés reales de los flamantes medicamentos. La incertidumbre es la única sensación cierta de las sociedades que no solo padecen el riesgo del contagio, sino también las consecuencias económicas, psicológicas y sociales del aislamiento y la parálisis.

Rebrote o segunda ola, lo cierto es que en la Argentina se observa una tendencia en aumento de los contagios. Los mejores infectólogos del país aseguran que podría ser inevitable una tercera ola (si la segunda está sucediendo ahora) de masivos contagios cuando llegue aquí el otoño austral. La segunda ola en Europa, que también comenzó con los primeros fríos del otoño boreal, está resultando peor que la primera. Además de las precauciones sociales, la vacuna parece ser la única esperanza cierta de terminar con un instante en el que el tiempo se detuvo para casi toda la humanidad.

El gobierno argentino descuidó las negociaciones y los acuerdos rápidos para contar con las más variadas y mejores vacunas del mundo. Un ejemplo: la provincia de Buenos Aires venía negociando un acuerdo con la farmacéutica chino-canadiense CanSino Biologics, que podría tener autorizada su vacuna en febrero. Pero dejó caer la posibilidad del acuerdo para darle prioridad a la vacuna de Rusia. En los últimos días, las autoridades bonaerenses reiniciaron las negociaciones con CanSino Biologics para llegar a un acuerdo. El acuerdo podría concretarse, pero la entrega de vacunas no podrá hacerse ahora hasta junio o julio. Las negociaciones con Pfizer se extendieron tanto tiempo cuando estuvo en manos del Ministerio de Salud que ahora ese laboratorio demora una respuesta a la última propuesta que le hizo la secretaría Legal y Técnica, Vilma Ibarra. Aparentemente no es por la calidad de la propuesta, sino porque Pfizer tiene una demanda imposible de conformar con países que ya firmaron acuerdos. Su producción está saturada. De hecho, Pfizer informó que mermará la entrega de vacunas comprometidas con los países en los que está vacunando porque decidió modificar su capacidad de producción para poder aumentarla. A todo esto, nadie explicó nunca por qué se le sacó al Ministerio de Salud una negociación por vacunas y se la puso en manos de una funcionaria de Presidencia, que cuenta con la confianza personal del jefe del Estado. La decisión fue correcta, pero merecía una explicación. El Ministerio de Salud es el responsable de enfrentar la pandemia y la sociedad debe saber si esa cartera cuenta con la confianza del poder político.

Hasta ahora, la Argentina quedó encerrada en una sola vacuna, la rusa, que además llega en dosis homeopática. De Pfizer se habla poco y nada. La semana pasada, voceros oficiales dijeron que era inminente una reunión del Presidente con ejecutivos del laboratorio norteamericano Moderna, que produce una de las vacunas con más prestigio, pero luego no se informó de que el encuentro haya sucedido. Parte de la vacuna de AstraZeneca, también un prestigioso laboratorio británico-sueco, se produce en la Argentina, en la industria farmacéutica del empresario argentino Hugo Sigman. Aquí se elabora el contenido de la vacuna y en México se termina de hacer la separación y el envase de la vacuna. Según fuentes médicas, el producto final lo tomará AstraZeneca para distribuirlo en América Latina, según el acuerdo firmado por ese laboratorio con la Fundación Carlos Slim, que ayudó a financiar las investigaciones. Aunque la distribución en la Argentina se vería beneficiada por ser un lugar de elaboración de la vacuna, lo cierto es que el inmunizante producido aquí no volverá en la misma cantidad que se elaboró. Los tiempos y los lugares los definirá AstraZeneca. El ministro de Salud, Ginés González García, informó ayer que el país compró 51 millones de dosis de vacunas, pero no dijo a quién o quiénes les compró ni cuándo se vacunará masivamente. Son anuncios genéricos que dan muy pocas certezas, sobre todo cuando vienen de un gobierno que se equivocó varias veces con el número de vacunas posibles y con las fechas de vacunación.

En las últimas horas, las vacunas más prestigiosas dieron malas noticias. Moderna, considerada la líder porque fue la primera en comenzar las investigaciones con el apoyo financiero del gobierno norteamericano, debió retirar de California un lote de vacunas porque no estaba correctamente elaborado. En Noruega, los científicos están analizando si la muerte de 23 anciano, luego de ser vacunados con Pfizer, tiene relación con la vacuna. Podría tratarse de personas mayores con la salud muy frágil, en quienes los efectos secundarios de la vacuna, como la fiebre y las nauseas, tendrían efectos letales. O podría ser una simple casualidad.

A su vez, el zar de la lucha contra el coronavirus en Israel, Nachman Ash, dijo ayer que al parecer la primera dosis de la vacuna Pfizer proporciona menos protección contra el Covid-19 de lo que se había prometido. Israel vacunó ya al 20 por ciento de su población, la mayor parte con esa vacuna. El Ministerio de Salud israelí informó que 12.400 personas dieron positivo de coronavirus después de recibir la primera dosis de Pfizer. A su vez, el laboratorio informó que su vacuna tiene una efectividad de alrededor del 52 por ciento después de la primera dosis, que aumenta a alrededor del 95 por ciento con la segunda dosis.

De todos modos, esos países (Estados Unidos, Noruega e Israel) tienen un avanzado sistema sanitario con enormes progresos tecnológicos, que le permiten descubrir en el acto cuando suceden tales anomalías. Esta es la diferencia con el sistema sanitario argentino, que carece de casi todo por muchos años de desidia. En ese contexto, los proyectos de unificar el sistema de salud público con el privado, que se hizo cargo de casi todo el peso de la pandemia en el país, es directamente una tontería.

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