Opinión

AnálisisEstrategia y estratagema

Por Carlos Saravia Day

Cada palabra tiene su propia, inmutable sustancia, y no vale obstinarse a que se doblegue a algún antojo arbitrario de quienes las emplean inadecuadamente. Ya Aristóteles observó que todas las polémicas de ideas provienen de una inteligencia de palabras, porque cada polemista se ofusca en figurarse un contenido distinto y personal de la misma palabra.

Archivo de la cultura es el lenguaje; vándalo es quien, en lugar de cultivarlo, lo invade y lo asuela. Dios castigó en la Biblia el pecado de soberbia cuando intentaron construir la torre de Babel y para ello confundió sus lenguas. También se produce el fenómeno del calamarismo, que es cuando el molusco de mar enturbia con su tinta su contorno.

Hoy la palabra estrategia anda de boca en boca, sin saber lo que se dice, pero con un propósito definido, que no es otro que el mal uso de la palabra, como si la palabra sólo le hubiera sido dada al hombre para ocultar sus pensamientos y sus intenciones.

Estrategia es voz griega más antigua que la guerra del Peloponeso y que significa: “general en jefe, como asimismo designa las operaciones militares”. El general griego Milcíades y Alejandro de Macedonia son el mayor ejemplo.

Ulises, en cambio, representa como nadie lo haya hecho una derivada de la estrategia convertida en la palabra estratagema. Ulises fue ducho y fértil en estratagemas y astucias resumidas en la magnífica ocurrencia de Homero: el caballo de Troya.

Si la historia depara sorpresas, la mitología también; hoy la palabra estrategia pasó del campo militar al sanitario trayendo la mayor perturbación y así se convirtió en palabra equívoca. Puro calamarismo, el gobierno deja hacer de la ley una herramienta unívoca que prioriza y distingue, que tiene como bien jurídico protegido: primero al personal sanitario, después a los mayores de ochenta años. Ahora se agrega, utilizando el término castrense, al personal mal llamado estratégico, dejando de lado a los que están en la primera línea de fuego, como aquél soldado en la guerra civil española:

“Si me quieres escribir

te dejo mi paradero

tercer regimiento fijo

 primera línea de fuego.”

El gobierno, tras la confusión de los términos, cayó en el calamarismo que sirvió para vacunar a una muchedumbre promiscua de funcionarios, legisladores, burócratas, cuando no familiares y amigos y de paso algún empresario allegado, sin tomar medida alguna o hacer al menos una advertencia.

No sin razón Anatole France, autor de la “Isla de los Pingüinos”, decía que así como el individuo tiene necesidad de lugares íntimos y discretos para hacer sus deposiciones sin ruborizarse, así también el Estado las tiene para cumplir con sus pingüinos en los vacunatorios clandestinos.

La ocurrencia del rapsoda Homero y su caballo de Troya fue el mejor relato de Occidente.

La fuga de Verbitsky dejó el relato sin escribidor y el peronismo no tiene quien le escriba. De hecho, los gobernadores y legisladores oficialistas pasarán de representantes a cortesanos. Siempre pendientes del talante de su señor o señora. Ríen a carcajadas si el señor o señora lo hacen y fingen sollozos si está triste. Cristóbal Castillejo en su libro “Diálogos y discursos en la vida de la Corte” los pinta: diligentes, atentos y prevenidos:

“Andar al retortero

de la sala a la capilla

tras las voces del portero

y al son de la campanilla”

Después de la épica vino la tragi-comedia.

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