Opinión

AnálisisEpifanía

Adoración de los Reyes Magos. Obra de El Greco pintada probablemente en 1568​ o 1569 y que se conserva en el Museo Soumaya de la Ciudad de México.

Por Carlos Saravia Day

Es la festividad que celebra la iglesia el 6 de enero, y que también se llamaba “La adoración de los reyes”, hoy sustituida por el culto nórdico de Papa Noel, imagen solitaria sentada en un trineo arrastrado por una trika de ciervos con cuernos nada inocentes.

La fiesta de reyes vive en el recuerdo a través de la pintura y de antiguos retablos, con imágenes marfileñas de influencia bizantina. Muestran a la Virgen y al niño con los tres reyes y representan la adoración y el loor de la letanía. 

La conmemoración religiosa pronto se convirtió en fiesta regocijada para los niños.

La fantasía es siempre fecunda en el niño, y se va convirtiendo en aridez amarga conforme pasan los años y se pierde el optimismo, no solo en el niño sino también en los pueblos cuando dejan de ser jóvenes. Quizá por eso el pueblo griego, en su infancia fue el más creador de todos los pueblos de la antigüedad y el que mejor haya frecuentado el mito y la narración.

Borges cita a “Las mil y una noches “  como uno de los libros más ilustres de toda la literatura, libro que se va edificando en el tiempo a través del cuento anónimo , y habla de ciertos hombres llamados “confabulatoris nocturni”, que así les dijo Burton, el más célebre traductor del texto oriental, caracterizándolos como contadores de cuentos durante la noche.

Dice Borges que el cuento es universal y que en “Las mil y una noches “nos encontramos con las aventuras de Ulises, salvo que se llamaba Simbad el marino, concluye. El hombre siempre emprende las mismas aventuras y sufre las mismas peripecias; en consecuencia, los personajes se hacen intercambiables en el tiempo.

Casi siempre la aventura, se desarrolla con viajeros que dejan su hazaña para después ser recogidas en el relato, no siempre con unánime evocación. Más que tarea de historiadores es la visión legendaria del rapsoda la que anima el relato.

Rapsodia, mito, religión e incertidumbre histórica, se mezclan para abrir paso a la marcha de los tres reyes, jinetes en camellos blancos y largas barbas que a veces se esparcían sobre sus hombros, durante la larga marcha. Cuando llegaron al pesebre se apearon de sus camellos, besaron los pies del niño y les trajeron sus dones: oro, incienso y mirra. Gaspar le ofreció el oro, Melchor el incienso y Baltazar la mirra.

Poco importa la biografía de cada uno de ellos, el encanto del relato puede deformar los hechos sin alterar su simbolismo, que es lo que interesa. Al fin de cuentas, los mejores historiadores casi siempre han sido grandes escritores, sin Homero (el viejo rapsoda) Herodoto (el padre de la historia) no hubiera escrito el primer tratado de historia. Homero dejo a la vista que la Ilíada, o sea la epopeya, es el vestíbulo de la historia.

La tradición, gran maestra de la vida, se ha encargado de perpetuar a los reyes aunque los evangelios no hablan de ellos y las citas de los profetas no lo niegan ni afirman.

¿Se conocieron antes de emprender el viaje, o se encontraron en milagrosa coincidencia en Jerusalén y allí se reconocieron?

Otros dicen que se trataba de unos sabios que Vivian en el Monte Vaus, desde cuya cima escrutaban los cielos con comprensión de astrólogos, como siglos después lo haría el rey español Alfonso el Sabio, que hería con su pupila de telescopio la bóveda celeste, mientras escribía su tratado de astrología, insomne, contemplativo y solo, desde su azotea de alcázar de Segovia.

Quedaron en la tradición reducidos a tres los reyes magos: Baltazar, rey de Godia y Saba; Melchor de Nubia y Arabia y Gaspar rey de Tharsi. Alguien incluyo a Nicanor, jinete de a caballo, que por perder su herraje la cabalgadura, no pudo llegar a tiempo al magno suceso.

Orígenes insiste que eran tres como los hijos de Noé. Juan Crisóstomo los eleva a doce ¿No serán muchos?

Hace ya algunas décadas y por el tiempo de la epifanía, llegaron de visita a la casa paterna de cerrillos, como tres reyes paganos, Manuel J. Castilla, Ramiro Dávalos y Armando Saavedra. Manuel Castilla con sus luengas barbas endrinas encabezaba la marcha. Habían unificado el obsequio en un cordero que era de Armando Saavedra, pero que Castilla le aplico su humor navideño diciéndole al dueño de casa: “Es un cordero del pesebre viviente”.

Pronto se avivo el fuego y bajo el firmamento claro, Ramiro Dávalos dejo de lado su preocupación por la paleta de Apeles para empuñar la guitarra y canto antiguos villancicos. Lo hacía con voz templada y varonil.

Castilla recitó; a su jopo que siempre lucía con desgaire, las musas le ponían su corona de verbena. Todos escuchábamos, el campo entero escuchaba.

Arriba, las estrellas se prendían y se apagaban como nuestras vidas: eran las mismas que enrumbaron la travesía de los reyes astrólogos, argonautas del desierto.

Antes que Jerusalén estuvo Grecia, y si los reyes de la epifanía fueron tres o cuatro, con las musas no se sabe si fueron siete o nueve.

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