Opinión

Análisis Enseñanzas para tener en cuenta, más allá del resultado de octubre

Por Sergio Berensztein

Tal vez sea prematuro hacer una evaluación completa de la experiencia de Cambiemos, pero algunos aprendizajes preliminares de los últimos años pueden ser útiles independientemente del resultado de estas elecciones. Al margen de las personas (sus intenciones, proyectos, sesgos y preferencias) y de las construcciones y los discursos electorales, a la hora de gobernar los líderes se enfrentan a un conjunto de problemas, desafíos y restricciones que obligan a tomar decisiones generalmente ajenas a sus deseos. Gobernar implica casi siempre optar por las alternativas menos malas, casi nunca por las mejores. En especial en contextos de emergencia como el que sufrimos en la Argentina.

Primera lección fundamental: nunca subestimar la importancia de los desequilibrios macroeconómicos, en particular el déficit fiscal. Parece mentira que un país que vivió en las últimas décadas dos hiperinflaciones (1989, 1990), una catástrofe de dimensiones homéricas (2001), varios defaults, violaciones masivas a los derechos de propiedad y el consecuente aumento de la pobreza y marginalidad carezca de un mínimo consenso para asegurar un entorno de estabilidad basado en reglas y marcos institucionales que brinden previsibilidad y reduzcan al máximo la discrecionalidad, no solo en el plano fiscal, sino también en el monetario.

Fuimos incapaces de aprender de nuestro pasado reciente e ignoramos la experiencia de muchísimos otros países que pudieron solucionar los problemas estructurales que empantanaron nuestro camino hacia el desarrollo y nos estrellan siempre contra el mismo paredón. Tampoco alcanzamos un equilibrio lógico entre audacia y cautela. Por eso, a pesar de los planes iniciales y de las expectativas, todo queda supeditado a criterios conservadores. Las decisiones tienen costos y beneficios, pero siempre se deben evaluar las consecuencias potenciales del statu quo. El derrotero de Cambiemos en economía fue de algún modo anticipado por el gran académico Rudiger Dornbusch (mentor de algunos de los expertos que acompañaron a Macri en esta gestión), cuando afirmó que, en este campo, las cosas que uno quiere que pasen tardan mucho más de lo esperado en suceder, mientras que las que uno necesita evitar ocurren mucho más rápido.

En segundo lugar, es imposible gobernar en democracia si no se hace política. Aun cuando se trate de un gobierno con sólidas mayorías parlamentarias o con una amplia proyección territorial (ventajas con las que nunca contó Cambiemos), las iniciativas que omiten la formación de consensos sufren más temprano que tarde procesos de reversión que terminan anulándolas y hasta fuerzan retrocesos inesperados y frustrantes. Como es evidente, la capacidad de hacer la diferencia que tienen los gobiernos minoritarios es mucho más endeble.

La regla nemotécnica es muy sencilla: cuando desde el poder parece que se puede hacer de todo, ocurre que uno logra casi nada. Gobernar requiere ampliar las bases de sustentación, persuadir actores políticos diversos, convencer opositores y adversarios en algunos aspectos puntuales, negociar, dialogar, ceder, intercambiar, resignarse a lograr lo posible y aprender a no forzar lo que uno considera deseable. Se parte del principio de que nadie es dueño absoluto de la verdad y de que todos los intereses son legítimos, aun aquellos que entran en conflicto con los que uno defiende o prioriza.

Dos elementos básicos respaldan la lógica de la construcción de consensos. El primero, que uno debe generalmente acordar con el que piensa diferente, sobre todo porque las consecuencias de no hacerlo pueden ser peores que los costos que implica una negociación. El segundo, que se debe dejar de lado cualquier cuestión personal: se trata de una mera relación entre profesionales del poder. Es vital adoptar una postura pragmática, mostrar algo de flexibilidad y tener capacidad para identificar las demandas más críticas de la contraparte e incorporarlas al planteo general. Es decir, establecer incentivos para que la otra parte quiera continuar negociando y llegar a un acuerdo.

Paradójicamente, este gobierno fue muy generoso con las provincias y termina enfrentado a los gobernadores; invirtió numerosos recursos en obra pública en villas y asentamientos precarios y obtuvo allí un resultado electoral negativo. Se ve que no todo es dinero, buena gestión, eficiencia en la asignación de recursos o mayor transparencia en la ejecución de obra pública.

La tercera lección es que la polarización ideológica y política tiende a enfatizar una dinámica amigo-enemigo que no solo es contraria a la lógica democrática, sino que termina autolimitando a quien la impulsa y hasta generando flagrantes contradicciones casi imposibles de justificar. Vivimos en un mundo donde predominan los enfrentamientos internos: vemos conflictos extremos en muchos países, tan profundos y complejos que será muy difícil recuperar el respeto por la disidencia y la noción fundamental de legitimidad del que opina diferente, incluyendo el principio básico de libertad de expresión, que está siendo amenazado incluso en democracias supuestamente consolidadas.

En la Argentina, la patética «grieta» generó un verdadero desquicio: se rompieron familias y amistades, se resquebrajaron lazos de afinidad y convivencia, y se puso en tensión el sentido mismo del término comunidad. Para peor, nos separan y fragmentan clivajes viejos y nuevos, donde se combinan elementos identitarios, valorativos y de clase. Los resultados están a la vista: quienes intentaron capitalizar el contenido negativo del concepto «populista» consolidaron un piso electoral no menor (de casi un tercio), que, sin embargo, hasta ahora resulta insuficiente en la competencia contra una coalición mucho más amplia como el Frente de Todos.

Existen otras dimensiones a considerar: la política de comunicación (¿cómo es posible, por ejemplo, que la sociedad ignore los excelentes resultados del programa contra el embarazo adolescente implementado por esta administración?), el diseño del gabinete y el proceso de toma decisiones (fundamentalmente, su fragmentación y la falta de un responsable o coordinador de toda la política económica). Pero las cuestiones aquí planteadas son indispensables para cualquier gestión: no se puede gobernar sin un esquema realista y consistente en materia macroeconómica, sin una amplia coalición política que implique capacidad efectiva para avanzar en una agenda de gobierno, y fragmentando política, ideológica y culturalmente a una sociedad ya de por sí abatida por décadas de estancamiento y frustración.

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