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Vaticano El papa Francisco lamentó la legalización del aborto y denunció una «catástrofe educativa»

En su tradicional saludo de Año Nuevo al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, en el que hizo un repaso de la situación mundial, marcada a fuego por la pandemia de coronavirus, el Papa lamentó hoy la legalización del aborto en la Argentina.

Desafortunadamente, duele constatar que, con el pretexto de garantizar supuestos derechos subjetivos, un número cada vez mayor de legislaciones de todo el mundo parecen distanciarse del deber esencial de proteger la vida humana en todas sus etapas», dijo, sin mencionar a su país, pero aludiendo claramente al giro histórico que dio el Gobierno en diciembre pasado al aprobar en forma definitiva la ley de interrupción voluntaria del embarazo, rechazada por la Iglesia Católica y gran parte de la población.

Francisco habló así al destacar que «la pandemia nos ha puesto con gran fuerza frente a dos dimensiones ineludibles de la existencia humana: la enfermedad y la muerte». «Precisamente por esta razón, nos recuerda el valor de la vida, de cada vida humana y de su dignidad, en todo momento de su itinerario terrenal, desde la concepción en el seno materno hasta su conclusión natural», indicó.

En un discurso en el que habló de la crisis sanitaria, ambiental, económica, social, política y de las relaciones humanas puestas al desnudo por la pandemia en todo el mundo, el Papa volvió a exhortar a todos los Estados a que «contribuyan activamente a las iniciativas internacionales destinadas a asegurar la distribución equitativa de las vacunas, no según criterios puramente económicos, sino teniendo en cuenta las necesidades de todos, en particular las de las poblaciones menos favorecidas». 

Advirtió, no obstante, que «ante un enemigo tan insidioso e imprevisible como el Covid-19, la accesibilidad de las vacunas debe ir siempre acompañada de comportamientos personales responsables destinados a evitar la propagación de la enfermedad, mediante las medidas preventivas necesarias a las que nos hemos acostumbrado en estos meses». «Sería fatal depositar nuestra confianza solo en la vacuna, como si fuera una panacea que nos eximiera del constante compromiso personal por la propia salud y la de los demás», afirmó.

Al hablar de la «crisis de las relaciones humanas» provocada por una pandemia que obligó a todos a aislarse y encerrarse en casas y escuelas y universidades a trabajar a distancia, el Papa denunció una «catástrofe educativa».

«Asistimos a una suerte de catástrofe educativa, ante la que no podemos permanecer inertes, por el bien de las generaciones futuras y de la sociedad en su conjunto», advirtió. Y reclamó un nuevo período de compromiso educativo, que involucre a todos los componentes de la sociedad, «porque la educación es el antídoto natural de la cultura individualista, que a veces degenera en un verdadero culto al yo y en la primacía de la indiferencia». «Nuestro futuro no puede ser la división, el empobrecimiento de las facultades de pensamiento e imaginación, de escucha, de diálogo y de comprensión mutua», dijo.

El Papa habló así en un discurso largo, de ocho carillas, en el que repasó los diversos conflictos del mundo y que pronunció semanas más tarde de lo previsto por las restricciones por el coronavirus, primero y debido a un ataque de ciática que sufrió, después. La cita fue por primera vez en el amplia Aula de las Bendiciones, donde había lugar suficiente para el distanciamiento interpersonal entre los representantes de los 183 países que tienen relaciones con la Santa Sede, todos con barbijo. Entre ellos por primera vez asistió a esta tradicional cita del año la diplomática María Fernada Silva, embajadora argentina ante la Santa Sede, que llegó en mayo pasado, en plena pandemia.

Al lamentar la terrible crisis económica y social causada por el coronavirus en todo el mundo, el exarzobispo de Buenos Aires aseguró que «la crisis actual es, por tanto, una ocasión propicia para replantear la relación entre la persona y la economía». «Lo que se necesita es una especie de ‘nueva revolución copernicana’ que ponga la economía al servicio del hombre y no al revés, empezando a estudiar y practicar una economía diferente, la que hace vivir y no mata, que incluye y no excluye, que humaniza y no deshumaniza, que cuida la creación y no la depreda».

En este marco, planteó la necesidad de que haya iniciativas conjuntas y compartidas, incluso a nivel internacional, «especialmente para apoyar el empleo y proteger a los sectores más pobres de la población». Y elogió el acuerdo que alcanzó el año pasado la Unión Europea al crear un inédito fondo para ayudar a los Estados más golpeados a la reconstrucción pospandemia.

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