Opinión

Análisis El Gobierno y el Acuerdo Económico se divierten en el país de la palabra vacía

Por Diego Cabot
La política argentina es despiadada. Se empeña por mantenerse en una burbuja empañada. Funcionarios, empresarios y sindicalistas sonríen y se saludan a codazo puro en mesas de directorios impolutas, pero parecen impedidos de poder mirar qué sucede más allá de esa esfera de felicidad estatal.

Gremialistas, hombres y mujeres de negocios y algunos ministros se reunieron en el marco del incipiente Acuerdo Económico y Social. De allí salió un documento de diez mandamientos tan básicos como programáticos. «Necesitamos exportar más», reza el primero de ellos con una redacción casi de escuela primaria. Vaya novedad en pleno 2020. Las naciones más exitosas del planeta han abierto su economía para comerciar con el mundo. Desde la explosión China hasta la performance de otros países de América Latina se relacionan con esa decisión que tomaron hace muchos años. El problema es que el kirchnerismo se ha empeñado por cerrarla siempre.

El punto de la obviedad es que pocas cosas deben estar tan relacionadas con la política interna como las ventas al exterior. Suena desmesurado que el poder de la Argentina se siente a escribir que hay que exportar más cuando la brecha cambiaria es de más de 100% y la presión fiscal que soportan los productores argentinos es una de las más altas del mundo. O cuando el acceso al crédito para mejorar la productividad tiene tasas imposibles, sin pasar por la legislación laboral, pétrea y en algún caso oxidada, que quita fuerza a hora de cruzar las fronteras. Pero al menos, con alma de fogón juvenil amenizado por los ministros de Trabajo y Producción, Claudio Moroni y Matías Kulfas, el elenco coincidió en el primer renglón del documento: «Necesitamos exportar más». Inédito.

El talento de esa mesa de dirigentes produjo otra sentencia inapelable. A continuación agregó en el segundo mandamiento «Ningún sector productivo sobra: todos son importantes». Otra novedad que el Gobierno disimula con diferentes subsidios o medidas sectoriales que muchas veces benefician a unos en desmedro de otros.

Pero la tarde inspirada continuó. «Mercado interno versus mercado externo es una falsa antinomia», se despacharon antes de escribir otra máxima con ambiciones de quedar en los anales de la política argentina. «No hay futuro sin políticas productivas», escribieron en cuarto término.

Mientras, del otro lado de la burbuja empañada, el dólar paralelo ya pisaba los 180 pesos y las crónicas sobre los primeros vuelos regulares que partían desde Ezeiza mostraban argentinos que preferían empezar de cero afuera antes de continuar la vida en la Argentina.

No había posibilidad de errar. Entonces coincidieron en hacer un aporte al medio ambiente: «Ninguna política productiva será sustentable si no piensa en la dimensión ambiental». Quizá deban hacerla pasacalle y colgarla en las zonas chamuscadas de Córdoba como para dejar clara la preocupación oficial sobre los incendios. Y luego sí, algo con lo que todos coincidieron. «Una buena política productiva debe reducir las brechas de género», escribieron como para no dejar dudas del compromiso de la Casa Rosada con el tema.

Ya casi la plataforma de despegue del país tomaba fuerza. Faltaban un par de pilares. «Una macroeconomía estable ayuda al desarrollo productivo», escribieron con una prosa envidiable. Y luego otra: «Si no mejoramos la productividad, no bajaremos ni la pobreza ni la desigualdad». Vaya maravilla. El punto es que los anfitriones, Kulfas y Moroni, son dos llaves poderosas para mejorarla. Pero no parecen muy convencidos de hacerlo. Productividad es una palabra que al kirchnerismo no le sienta bien. La relacionan con ajuste, explotación o flexibilidad laboral. El credo del Instituto Patria no comulga con esas cuestiones.

Pero bien podrían traducirse a vocablos como eficiencia y reglas claras para hacer negocios. Pero no sólo eficiencia de una empresa sino también del Estado regulador y contralor. Toda una paradoja: Kulfas habla de ser productivo mientras se para encima de las licencias para importar, desde teléfonos hasta materia prima industrial. Las empresas no tienen precio por la inflación y el tipo de cambio y no están seguras de que les dejarán importar para reponer. Pero hay que ser productivo con un Estado que es un lastre y, además, socio de al menos el 50%.

Había más. La prosa no se detenía. «La apertura comercial no es un fin en sí mismo, sino una herramienta que debe ser utilizada de manera inteligente», escribieron en el punto nueve. Y remataron con un guiño a los inquietos países de la región: «Toda política de desarrollo productivo debe ser una política de desarrollo regional». Los vecinos respiraron aliviados, no vaya a ser cosa que la Argentina se desarrolle sola y arrastre a las economías del vecindario.

El vademécum del despegue estaba listo. Se dieron la mano y estamparon los iluminados puntos en un posteo de prensa. «Los ministros Kulfas y Moroni, junto a un centenar de dirigentes gremiales y empresarios, definieron los diez puntos de consenso sobre los que se trabajará y el inicio de las mesas sectoriales», informaron. Diez puntos de escuela primaria incapaces de responder una sola pregunta: «¿Cómo se logrará? Demasiado poco para una sociedad que espera medidas concretas.

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