Espectáculos

Tiempo de reinventarseEl folclorista que compone mientras hace delivery de empanadas

Rodolfo Maldonado Palavecino tiene un récord de grabaciones. Pero la pandemia lo dejó sin recitales. Hoy combina repulgue y chacarera.

Gusto a compás de seis octavos, repulgue tallado por manos de guitarrero, masa casera y dos gustos, carne o pollo, aunque quizás aparezca alguna empanada rellena de corcheas y claves de sol. El mundo de Rodolfo Maldonado Palavecino es un pentagrama enharinado.

Hay que llamar al número del delivery impreso en el volante de papel. Atiende él, uno de los folcloristas más reconocidos de la Argentina, compositor y cortador a cuchillo de la carne que condimenta Élida Farías, su esposa, para la preparación: “Tenga paciencia, estimada clienta, ¿usted sabe lo que tarda un santiagueño en hacer una empanada?”, contesta a cada pedido.

Cuando la docena cruje, Rodolfo se sube a su camioneta y avisa a los clientes por teléfono que vayan bajando, para que los manjares de Wilde al fondo no se enfríen ni tengan que ser recalentados.

El hombre que hace el reparto tiene más de 150 grabaciones registradas en la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC) y tocó con todos, por poco no tocó con Colón, como dice la canción de León Gieco que juega con la “o”.

“Desde que empezó la pandemia, llevo escritas unas 40 chacareras nuevas, termino una cada 10 docenas de empanadas”, estima Rodolfo, sobrino del legendario violinista don Sixto Palavecino, máximo inspirador musical de la provincia de Santiago del Estero.

Son tiempos de reinventarse, sobre todo a la hora de buscar el sustento. Pasan tres cosas: Maldonado Palavecino no puede tocar en peñas ni en festivales, aún no se da maña con los shows por streaming y su último disco, Corazón en vuelo, sigue sin despegar, a la espera de una vacuna que libere al mundo del coronavirus. Por eso, se sumó al emprendimiento gastronómico familiar.

Cuando el semáforo de Arredondo y Condarco lo detiene, Rodolfo aprovecha el silencio para imaginar melodías. De repente le tocan bocina, no para apurarlo, sino para saludarlo. “Maestro, ¿cuándo vuelve con La clave santiagueña?, le grita Sergio Calvo, el sodero del barrio.

La clave santiagueña es el conjunto folclórico que creó hace 20 años y que hoy integran sus hijos Ayelén (bailarina y percusionista) y Matías (bandoneón y teclados), y músicos jóvenes como Mariano Céspedes (violín y voz) y Emanuel Coria (guitarra, bombo y voz). Él hace de todo ahí, canta, toca la guitarra y además el mandolín, una singularidad por la que grandes artistas lo invitan a hacer participaciones especiales.

Con esa virtud, además de acompañar a Don Sixto y a León, “Rodolfo Empanadas” tuvo la suerte de conocer a Atahualpa Yupanqui y de tocar con el Chango Nieto, Ariel Ramírez, Domingo Cura, Elpidio Herrera, Vitillo Ábalos, Ramón Ayala, Roberto y Cuti Carabajal, Raúl Palma, Ramón Villareal, Orlando Geres y Paola Arias, por nombrar a una primera y jugosa docena variada de figuras del folclore.

La revista Viva logra conversar con él apenas le deja un pedido a Alicia, generosa con la propina, pero más con la sonrisa, en una casa con kiosco de la avenida Belgrano, entre Martinto y Lynch.

Le avisamos que la nota saldrá recién dentro de un mes y él vuelve con su gracia: “Soy santiagueño, no tengo ningún apuro”. Despliega entonces un nuevo talento, el de gran narrador.

-¿Santiagueño de qué pueblo?

-Nací hace 68 años en Barrancas de Salavina, cuna de la chacarera. Dicen que esas tierras estaban habitadas por una tribu llamada “Salamina”, con “m”, compuesta por negros, descendientes de esclavos. También se menciona una región, “Sarauiña”, en quichua, donde “Sara” es maíz y “uiña” que crece. Se hablaba en aquellos años de un maizal a la vera del río. Allí, cuenta la leyenda que Tata Martin Palavecino, sin acento, el abuelo de mi tío Sixto, tarareaba una chacarera bastante conocida, La chimba macho, traducida al español como La del vado viejo o La del otro lado del río. La tarareaba a fines del 1800, principios del 1900 y por eso se considera que ahí nació la chacarera. El Tata vivió hasta los 115 años, buen corazón.

-¿Cómo es su vínculo con el quichua?

-Trato de transmitirlo por respeto a la tradición. Hay muchas palabras quichuas que han desaparecido con la llegada de los españoles. Antes de la llegada de los barcos acá había tres vocales, la “a”, la “i” y la “u”, mientras que la “e” y la “o” no existían. Fíjese los nombres primitivos, “Chili” (por Chile), “Atahualta”, “Jujuy”, “Salavina”, no están la “e” ni la “o”. De chicos no nos dejaban hablar en quichua, en la escuela estaba prohibidísimo, le decían “el idioma de los indios”, pero luego, escuchando a los mayores, aprendí, vine a Buenos Aires y enseñé a los que pude.

-¿Cómo era esa infancia que luego nutrió sus canciones?

-El Río Dulce se desbordaba y los peces andaban en el campo, entonces nosotros los agarrábamos con flechas. Bagres, dorados, bogas. Otros tiempos, las perdices andaban por el patio de la casa. Del otro lado del río estaba la vizcacha. Hacíamos empanadas también, mire la vuelta de la vida. Caminaba cinco kilómetros para llegar a la escuela de Barrancas. Una vez al año me compraban galletitas, esas dulces, cuadraditas, me daban una y esa una la hacía durar los cinco kilómetros, no quería que se terminara nunca. La alimentación era a base de maíz, trigo, zapallo, alimentos sanos, por eso nuestro relleno cuida hoy cada detalle, no puede ser menos que riquísimo.

-¿Cuándo aprendió a tocar guitarra?

-A los seis años. Me enseñó don Manuel Farías, a 200 metros de casa, y luego el maestro Delfor Godoy, músicos intuitivos. Yo después estudié música de grande. Hoy por suerte estoy hecho un Borges, jaja, no paro de componer, gracias a Dios.

-¿Cómo fue conocer a Yupanqui?

-Siempre había escuchado hablar de él porque en 1940 estuvo viviendo en Barrancas de Salavina. Tocaba con los hermanos Díaz, en la casa con aljibe de doña Olimpia Díaz. Atahualpa se enamoró del lugar y se hizo amigo de mi abuelo, Fermín Maldonado, que también era zurdo. Ahí nacieron decenas de canciones, El alma olvidada, La amorosa, Don Fermín, El ventajao. Yo lo conocí tiempo después en Caballito, en el rancho de Margarita Palacios. Fui a tocar con Los nocheros santiagueños y allá estaba un señor morochito que nos felicitó y nos alentó a cantar en quichua “para que no muera nunca”. Otro día lo vimos en SADAIC, con Suna Rocha, que lo acompañaba a todos lados, y ahí nos hicimos amigos.

Las luces del Centro

Antes de las empanadas, Rodolfo brilló en la avenida de las pizzas, la porteña Corrientes, donde los teatros se llenaban de apasionados por la música autóctona.

Y con las yemas curtidas por las cuerdas, disfrutó de un momento cumbre, cuando formó parte de La Chacarerata Santiagueña y grabó con los consagrados Ariel Ramírez y Vitillo Ábalos.

De esa combinación surgió el disco ¡Bailen, bailen chacarera! Que fue ternado en 1997 para los Premios ACE, junto a trabajos de Los Nocheros y Soledad. La noche de la ceremonia, Rodolfo repasó la película de su vida y sus ojos lagrimearon. Sobre todo cuando el presentador puso en palabras lo que parecía un imposible: “Y el ganador es…” el orgullo de Salavina. Hubo un día en que el repartidor de empanadas de Wilde le ganó a Los Nocheros y a Soledad.

La vida de Rodolfo es de película, tanto que en 2004 lo contrataron para ser parte de una, Senderos ocultos, protagonizada por los actores Martín Coria y Osvaldo Santoro. El filme se empezó a rodar en tierra santiagueña y el guitarrero participó de un par de escenas, pero el proyecto se detuvo por falta de presupuesto. Como nadie le dijo todavía que la película está cancelada, él espera que algún día la reanuden, para completar la misión.

Mientras Rodolfo compone chacareras, se encarga del control de calidad: llama uno por uno a los clientes que probaron sus empanadas para preguntarles si estuvieron ricas o si para la próxima les agrega sal, condimentos, picante, fusas o semifusas, porque son delicias únicas y personalizadas. Al despedirse, el hombre saluda diciendo “abrazo musical”. 

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