Opinión

AnálisisEl fin del Águila Bicéfala

Por Bernardo Saravia Frías

El poder es uno, es indivisible y no se comparte. El republicano está sujeto al sólo límite de la periodicidad y el control. Vivimos dos años de una ficción basada en un mito, el del águila bicéfala; peor, el del poder vicario, por delegación, en el que el presidente no era presidente y el vice era presidente. El mito acaba de chocar con la realidad, impuesta por el mayor de los controles, el de la opinión pública. Y enfrentamos una nueva crisis, de las peores, institucional.

Dos instituciones están en máxima tensión. La primera es la del presidente de la Nación, en este caso por aquella contradictio in terminis de origen, violatoria del principio de identidad (se es o no se es, punto). Ahora que se adelgazan los argumentos (especialmente con quiénes renuncian y quiénes no), queda claro que todo se reduce a un expediente penal. Impunidad se llama; también impudicia.

La segunda es la de las PASO. Estamos hablando de una elección más cercana a un plebiscito, pero con efectos potencialmente devastadores para la gobernabilidad. Vaya a saber a quién se le ocurrió esta idea de laboratorio; lo que sí está claro es que ha servido de catalizador nefasto para una segunda crisis en menos de dos años. Muchas cosas se podrían haber evitado, además de costos absurdos: bastaba con una elección de verdad en 2019, y es probable que el patrimonio de muchos argentinos no hubiera perdido el 40% de su valor; también, tal vez, hoy no estaríamos testificando atónitos la jibarización interna de una coalición que tenía un solo objetivo (el poder) y poco en común más allá de ese objetivo. Y un final abierto e impredecible.

En medio de la caída libre marcada por esas dos instituciones en jaque, hay una que ha salido fortalecida, acaso la más importante: la opinión pública. Aquella de la que hablaba COSSIO (la democracia es el gobierno de la opinión pública) y HABERMAS (la opinión pública como transformación estructural de la vida pública).

Se pueden pensar y decir muchas cosas desde los laboratorios de marketing y sociología política. Lo que no se puede evitar son las consecuencias de la torpeza: en dos años se cerraron las escuelas, se clausuró la economía, murieron más de 120.000 personas sin vacunas, y se liberaron miles de presos para justificar la salida de unos pocos privilegiados del poder. No es tan difícil: los manuales de ciencias políticas (desde BACON en adelante) indican los cuatro puntales básicos para un buen gobierno: educación, economía, salud y seguridad. Aplazo en los cuatro.

Con la moneda en el aire, esperemos que sea el tiempo de aprendizajes y no de la radicalización a través de las “ideas locas”. Ni “una nueva moneda no atada al dólar”, ni 6.000 pesos por única vez para los jubilados, que no soluciona nada y es el inicio seguro de un proceso inflacionario descontrolado. Es tiempo de sensatez. Es tiempo de acordonar la crisis, de evitar que la enfermedad política se convierta en una nueva pandemia, y de usar la historia para hacer historia.

 

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