Opinión

Analisis Cómo ajustar y seguir siendo progre

Por Ricardo Roa

El telón de fondo del impuesto a los ricos es correr el foco del ajuste que ya está lanzado.

Fue el Día de la Militancia y también fue el día de las rarezas. La Cámpora hizo coincidir la celebración del regreso de Perón al país en 1972 con la ofensiva para sancionar un impuesto a los ricos. Sacó todo su aparato a la calle pero no pudo evitar que se colara la foto que inmortalizó esa vuelta: José Rucci en Ezeiza protegiendo de la lluvia a Perón.

Es una foto incómoda para La Cámpora porque recuerda otra cosa: que a Rucci lo mataron los Montoneros. El de Rucci es el crimen más oscuro y difícil de explicar dentro del peronismo. Rucci era mucho más que el jefe de la CGT: era el sindicalista de mayor confianza de Perón al que los Montoneros asesinaron dos días después de que Perón ganara la elección con un abrumador 62%.

La Cámpora hizo una demostración de fuerza buscando capitalizar el impuesto a los ricos que impuso Máximo Kirchner. A unas pocas cuadras, Camioneros hacía su propia demostración con la vista puesta en otra pelea interna: la de la CGT. Por si hace falta aclararlo, el Rucci que recuerdan Camioneros y Moyano no tiene nada que ver con el Rucci de La Cámpora. Es una diferencia del pasado que cada tanto reaparece.

Otra rareza del día fue el alta en tiempo récord del Covid que Sergio Massa consiguió para volver de apuro a Diputados y presidir una sesión que hasta ese momento presidía un opositor. Massa estaba aislado desde el domingo por reunirse con un funcionario del Fondo al que un primer testeo le dio positivo y otros dos posteriores, negativos. Llegó al recinto a las cinco horas de comenzado el debate y dijo que como todo había salido bien, podía participar.

Fue una explicación que muchos no creyeron. ¿Alguien le ordenó a Massa que fuera ya mismo al Congreso? En el kirchnerismo sospechaban que Massa estaba aprovechando el aislamiento para no quedar pegado con el proyecto de Máximo, duramente cuestionado por empresarios muy cercanos como el banquero Jorge Brito, que intentó sin éxito frenar ese impuesto.

Y en la oposición tampoco creyeron que no estuviera al tanto de la movida, como él decía: varios de sus legisladores más próximos lo firmaron. Uno de ellos, el mendocino Ramón, que impulsado por Massa y a cambio de contratos y privilegios, armó con otros diputados del lavagnismo una especie de pyme al servicio de las necesidades del oficialismo.

El impuesto aumenta la presión tributaria cuando se necesita bajarla y estimular la inversión y es calificado también de inconstitucional. Lo admite de hecho el senador híper kirchnerista Parrilli, cuando advierte que disparará una ola de juicios contra el Estado.

Otro punto en contra es que el Gobierno está calculando una recaudación imposible de conseguir. En Borgen, la serie danesa que reivindica la política, ocurre algo parecido. En la coalición del Gobierno estudian un impuesto semejante y la primera ministra consulta a su nuevo asesor económico, con pasado comunista y la rechaza. «¿Vos justamente con tu historia te oponés?», le pregunta ella. Y él le contesta: «Es que cosas así han fracasado en todos lados».

Pero el Gobierno o el kirchnerismo no sólo buscan plata. Quieren aparecer defendiendo a los pobres y reivindicando la redistribución de la riqueza. El telón de fondo es un intento por correr el foco del ajuste que ya está lanzado y que provoca contradicciones con un discurso que se pretende progresista.

De eso trata la nueva carta de Cristina, en un punto entre otros parecida a la anterior: Alberto Fernández se enteró muy poco antes de que se enteraran los medios. Fue otra demostración de poder de Cristina luego de una reunión de Wado de Pedro con la misión del Fondo, donde hubo críticas a la influencia de Cristina en el Gobierno.

Eso explica el tono violento o casi violento de la carta a la que Fernández, en una nueva pirueta, rápidamente se acomodó. El problema es que el Gobierno está negociando con el Fondo, al que desde 1956 fuimos unas dos docenas de veces y que esas declaraciones meten un ruido que aunque sea jueguito para la tribuna complica una situación por todos lados complicada. Habrá que ver hasta dónde Cristina tira de esta cuerda.

Otra rareza de un día de rarezas: para mayor disimulo del ajuste con otros ruidos progres, Fernández envió el proyecto de aborto.

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